miércoles, 1 de julio de 2015

La historia de Martín y Elisa
3
Martín
Noviembre 2010

A pesar de estar rodeado de mujeres hermosas y que estaban dispuestas, tenía menos sexo que el que mis amigos creían, de hecho estaba por convertirme en el hombre más casto que se pudiese uno imaginar después del Papa.  Lo que me preocupaba no solo a mí, sino a mi familia.  Y las especulaciones no se hacían esperar.

-Que eres gay –dijo a modo de saludo en cuanto le abrí la puerta.

Mi hermana menor nunca había tenido reparo en decir lo que pensaba o contarme cualquier cosa.

-¿Qué?

-Es lo que piensan nuestros primos, escuché a mi tía cuando se lo comentaba sutilmente a mamá.

-Mónica, me agrada que vengas a visitarme pero… ya sabes que no me interesa lo que piense la gente de mí.

-Pues debería –dijo mientras se ponía cómoda en el sofá –Ya te dije que guardaré tu secreto sobre esa mujer misteriosa que te hechizó, pero a mí sí me preocupa que esos idiotas hablen de ti.  Podrían afectar tu reputación, y entonces sí,  ninguna chica se te acercara  ¡Y mi mamá! bueno, ella se muere por ser abuela.  Ya les dije el otro día que no pensabas comprometerte aún, pero tiene tanto que no llevas ninguna chica a la casa.  Al menos antes salías con amigas y esas modelos de tus comerciales.

-Sí, pero eso era antes, cuando no veía la vida tan en serio.  Y cuando las mujeres me veían como un buen tipo para pasar el rato, salir y tener sexo, no como un marido o el futuro padre de sus hijos –le expliqué mientras preparaba café.

-Pues en eso tú tienes la culpa por ser tan buen partido.  Eres exitoso, de los mejores publicitas de la ciudad, guapo, no tienes vicios; si no fueras mi hermano también te consideraría para marido.  Y sobre todo… porque adoro la vista que tiene tu departamento –finalizó caminando hacia la ventana y suspirando.

Observé en silencio a mi hermana, podía sonar tan ordinaria y superficial cuando hablaba y sin embargo yo sabía que en su cabecita loca pasaban cosas más interesantes, su mirada quedaba fija y al mismo tiempo extraviada, como intentando encontrar el equilibrio y encajar en la realidad.  Desde que éramos niños solía fugarse, al principio me asustaba, sus silencios eran repentinos y aunque cortos parecía que su mente se alejaba de su cuerpo, cómo si cayera a un pozo angosto, profundo y oscuro, donde nadie más que ella atestiguaba lo que ahí sucedía y de repente, simplemente salía a la luz.

-Se renta el departamento de al lado –le dije para sacarla de su ensimismamiento.

-Oh, ya sabes que con lo que gano apenas pago la mensualidad de mi coche.

-Tienes gustos caros, debiste pensar en eso antes de ser antropóloga.

-Ni hablar. 

-¿Tres como siempre?

-Sí, por favor.

-¿No crees que es demasiada azúcar?

-La necesito, para quitarme el mal sabor de boca.

-¿Por qué dicen que soy gay?

-No, por algo que paso en el Centro Social.

-¿Todavía trabajas con ese grupo de mujeres?

-Sí –dijo dándole un sorbo a su café y quedándose en silencio.

Mónica siempre había sido la princesita de la casa, mis padres y yo mismo nos habíamos encargado de pintarle de rosa el mundo.  Era inquieta, curiosa, inteligente, popular entre los chicos y un tanto materialista, aunque muy noble y compasiva.  Todos nos sorprendimos cuando dijo que estudiaría antropología social.

-Mejor cuéntame sobre esa chica, ¿cómo es que no has podido olvidarla? ¿Cómo la conociste?

-¿En serio quieres escuchar?

-Oh, por favor.

Retroceder.

“Conocí a Elisa en la Universidad, en el segundo año de la carrera.  Tenía 19 años cuando la vi por primera vez, y me gustó mucho.  Como a todo joven me llamó la atención su belleza, era natural, es decir, resaltaba entre las demás por su sencillez.  No parecía querer aparentar nada, ni largas pestañas con doble capa de rímel, o grandes senos con blusas ceñidas; no, nada de eso.  Simplemente tenía un rostro angelical, mirada dulce y sonrisa tímida.  Disfrutaba verla de vez en cuando caminar con sus amigas o leyendo un libro en la cafetería.  Pero más me encantaba andando en bicicleta, ver su cabello suelto ondeando con el viento, aunque a veces sentía temor.  Me parecía tan bonita y delicada que temía que pudiera pasarle algo montada en esa cosa”.

“Hasta ese momento no me interesaba acercarme, me conformaba simplemente con verla, hasta que dejé de hacerlo un año después.  Se ausentó por varios días, y me descubrí preocupado por ella.  Al pasar de los días la preocupación se convirtió en angustia.  Me sentí verdaderamente triste al pensar que no volvería a verla más.  Pensé que algo muy malo le había pasado y sentí desesperación al no saber nada”.
 
Al recordar aquellos días sentí cómo mi rostro se endurecía.
 
-¿La observaste durante un año y jamás te acercaste? –me miró incrédula, abriendo mucho los ojos. – ¿Y qué fue lo que pasó con ella? ¿No regresó a la universidad?

-Sí, volvió, estuvo unos días y después…

Era la primera vez que le contaba a alguien sobre Elisa, mi hermana me escuchaba atenta y hasta yo me sorprendí de la manera en la que le narraba mis recuerdos.  Me di cuenta que Elisa significaba más para mí de lo que yo mismo pensaba.  Mientras hablaba le fui dando forma a lo que había sentido por ella desde la primera vez que la vi.

-¿Y después? ¿Qué pasó después Martín? –preguntó inquieta.

-Después me tranquilicé al ver que había vuelto a clases.  Y sin planearlo simplemente sucedió.  Estaba en los jardines del campus realizando una práctica de mi taller de fotografía, estaba buscando el mejor ángulo para una toma, di unos pasos hacia atrás sin voltear, escuché que alguien gritaba “cuidado” y ella casi me arrolla, para evitarlo viró y cayó de la bicicleta.

-Lo que tanto temías.

-Sí.  No me había dado cuenta que era ella hasta que me acerqué para levantarla, me miró al mismo tiempo que me ofrecía su mano para levantarla, mi estómago dio un vuelco y sentí esa estupidez de descarga eléctrica.

-Martín eso debió ser tan… emocionante –resoplé.

-Más bien fue extraño, nunca sentí algo así antes; ni después.  Se levantó y se sacudió, afortunadamente no le pasó nada.  Me excedí en disculpas, pero ella me aseguró que estaba bien, solo un poco sucia, estaba nervioso y me ofrecí a pagar la tintorería, ella se río, “es solo mezclilla y se lava en casa” me dijo.  Me relajé y ambos reímos, fue como estar en una burbuja, levanté su bicicleta y empezamos a caminar rumbo al edificio donde tenía clase, me dijo que tenía el tiempo justo para llegar, estaba en la carrera de Informática, me dijo su nombre y le di el mío, mientras aseguraba su bicicleta.

-¿Podría verte mañana? Es decir, para cerciorarme de que no te paso nada después de la caída –le pedí para evitar que nuestro encuentro no se quedara en algo casual.

-Está bien, aquí mismo al mediodía, luego de mis clases –me dijo sonriendo.

Y ahí supe que la quería para mí.

-Al siguiente día, estuve donde acordamos, no vi su bicicleta, pero pensé que tal vez vendría de algún otro lado.  La esperé casi una hora y nunca se presentó.  Me sentí como un idiota.  Estaba muy molesto.

Pasaron más días y noté que otra vez se había ausentado.  Un día Tony llegó anunciándome que tenía noticias, según él, la chica que me gustaba había abandonado la universidad definitivamente, porque su padre había muerto, eso me  aseguró Tony luego de escuchar una plática de sus amigas.  Comprendí que no me había dejado plantado, que había una razón por la que dejó la escuela, y lo peor que no la volvería a ver.

-Pero… ¿no intentaste buscarla? No sé, averiguar su dirección, algo; no entiendo, si te gustaba tanto debiste intentar algo.

-¿Y crees que sus amigas le darían su dirección a un desconocido? –mi hermana negó con la cabeza –seis meses después, Tony la encontró, resultó que trabajaba en un restaurante.  Fui a constatarlo, y cuando la vi me di cuenta que no tenía caso, que no podía simplemente presentarme ahí y me fui.

-¿Qué? La encontraste y… ¿te marchaste?

-Así fue.  Creo que sentí miedo, de parecer un idiota y que encima me rechazara.

-¿Miedo?

-Sí, ninguna chica me había gustado tanto como para sentir miedo al rechazo. 

-¿Al rechazo? No será que te dio miedo enamorarte de verdad.


Las palabras de mi hermana hicieron eco en mi mente.  “Enamorarte de verdad”.


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