La Historia de Martín y Elisa
Martín
4
Diciembre,
2010
El
año estaba por terminarse y yo comencé a ponerme melancólico, como si en vez
del año, lo que se acabara fuera mi vida.
Y de algún modo así me sentía acabado, cómo podía pretender que era
feliz, exitoso con dinero, si no tenía a nadie; una mujer con quien compartir
mis logros, un hijo al cual malcriar comprándole todo la juguetería.
Al
final, los seres humanos no éramos más que animales, e igual que todos,
buscando perpetuar la especie.
Discovery
Chanel: Una manada; los machos se reúnen en grupo pareciendo bestias, aparentando
ignorar a las hembras. Las hembras por
su parte, también se agrupan, pareciendo más civilizadas, organizadas y
cooperativas, aunque en realidad estén fingiendo y luego cuando hay un macho en
disputa, se arañen hasta sangrar. Luego
de un tiempo, cuando queda establecido que comparten territorio, el macho se
pasea cerca de las hembras. Por varios
días las observa, intenta ver cuál posee los mejores atributos biológicos que
le permitan procrear. Llegada la temporada de apareamiento, el macho, ha
elegido una hembra, se acerca más, la olfatea, decide que es con ella con quien
quiere copular. Los machos lanzan fuertes
berridos intentando atraer a la que previamente han elegido, la hembra lanza
una señal, su berrido es el que más le ha atraído: accederá a copular. El macho no lo duda y se lanza
sobre ella.
Así
mismo actuábamos nosotros los supuestos animales racionales. Los hombres somos
animales en diferentes formas y de diferentes tipos; algunos como los
caballitos de mar, son monógamos, fieles hasta la muerte. Pero también los había como los leones, que
tenían varias hembras. Hombres que se
creían el Rey de la selva. Mi padre, por ejemplo que en un desliz, había
procreado un hijo, a quien había mantenido oculto o al menos en secreto para
nosotros.
El rey de la casa creyó que
así sería siempre y que nunca nadie se enteraría. Hasta que sucedió una
tragedia, la madre de mi medio hermano sufrió un infarto fulminante, dejando a
su hijo en el total desamparo con apenas 11
años. Al ver el que su madre no
despertaba, el pobre chico llamó a la oficina de mi padre, como tenía dicho que
hiciera en caso de emergencias, la secretaria de mi padre le comunicó que algo
no andaba bien y al llegar al departamento, la encontró ya sin vida. Según mi padre, no conocía a ningún familiar
de aquella mujer, así que sin más se presentó con mi hermano, confesándole a mi
madre todo lo que había pasado. A Mónica, como buen bicho raro le encantó la
idea de tener un hermano con quien jugar, ella de tan solo nueve por supuesto
que veía en él a un mejor compañero de juegos que a mí, que acababa de cumplir
los 16. Yo no sabía que pensar, la imagen que tenía de mi padre se había
desmoronado. Si bien es cierto que nunca
supo darnos un poco de su tiempo y ser un verdadero padre, solía admirarlo, querer
llegar a ser como él. Y pos supuesto
tampoco me agradaba la idea de compartir mi habitación. Por supuesto la más afectada con la noticia
fue mi madre, aunque hizo lo que solo una mujer admirable hace: recibir al
muchacho e intentar darle un hogar, sin embargo, pese a disimular su tristeza,
yo la escuchaba llorar por los rincones.
Un día escuché a mi padre darle una explicación, le confesaba que
aquella mujer no había significado nada en su vida que solo habían estado un
par de veces juntos al coincidir en un viaje de trabajo y luego de algunas
copas, pero de esos encuentros había nacido ese chico, y como hombre
responsable había decidido darle su apellido y apoyo económico. “Te juro Estela
que esa es la verdad y que no le di más tiempo a ellos que a ustedes”, escuché
que decía. Al menos eso yo sí se lo
creía, porque así era mi padre, un
adicto al trabajo. Supe después que con
suerte veía a Lucio, mi medio hermano, una vez al mes. “Vaya”, pensé, desde
niño me he venido quejando de que mi padre no compartiera tiempo con nosotros,
de verlo sólo de camino al colegio y a ratos los fines de semana, si es que no
tenía cenas, partidos de golf, o viajes. Y Lucio, solo lo veía una vez al mes.
La
estancia de Lucio en nuestra casa duró muy poco, apenas tres meses, luego de
que apareciera un tío que estaba trabajando en el extranjero y ni siquiera se
había enterado de la muerte de su hermana.
Mi padre quería la custodia de Lucio, decía que eso era lo correcto,
pero lo correcto era que mi hermano estuviera donde mejor se sintiera y al
parecer tenía muy buena relación con su tío.
Vino a pasar con nosotros Navidad por los siguientes dos años, hasta que
su tío se fue definitivamente del país y él pareció perder por completo el
interés en una relación con Mónica o conmigo, pero sobre todo con mi padre.
Actualmente recibo un correo electrónico suyo de vez en cuando.
Cuando
cumplí 18, cuando no era más que un egoísta pero se asomaba la etapa de
comenzar a madurar, le pregunté a mi madre ¿por qué le había perdonado la infidelidad
a mi padre? ¿por qué había recibido con tanta amabilidad a ese niño que llegó
tan sorpresivamente? y ¿por qué siguió tratando a mi padre como si nada?
-No
te entiendo mamá, ¿por qué lo perdonaste? ¿Por qué nos quedamos aquí con él? O
¿por qué no lo corriste de la casa? –pregunté insistente.
Mi
madre se sentó con calma en la silla, echó un vistazo a la vista que nos daba
el jardín desde el desayunador, luego me tomó de la mano indicándome que
también me sentara.
-La
vida no es tan fácil de arreglar con una sola acción Martín, y nada hubiera yo
ganado al hacer eso. Mi corazón estaba
deshecho –dijo mi madre enjugándose una lágrima –correr a tu padre no habría
vuelto a unirlo. ¿Perdonarlo? No lo
perdoné de inmediato, si es lo que crees, pasaron meses, tal vez años. Pero mi madre siempre me decía que los seres
humanos éramos más salvajes que los propios animales, que cometíamos más
errores pese a presumir que podíamos pensar, que había cosas que simplemente
pasaban y no se podían evitar; que a veces eran graves y otras sin
importancia. Algunas cosas simplemente
no se podían arreglar y otras lo hacían solo con mucha disposición. Tu padre se mostró verdaderamente arrepentido
de su error y más aún de que tuviera consecuencias.
Me
quedé mirándola tratando de comprender lo que me explicaba, y creo que en ese
momento no lo hice del todo, estiré mi mano para alcanzar la suya, e intentar
confortarla, pero mi mano terminó envuelta entre las suyas, y yo siendo al que
consolaban. No sabía que decirle.
-Lucio
era solo un niño inocente y ninguna culpa tenía de lo que había pasado. Además acababa de perder a su madre, ¿no
crees que se merecía un poco de compasión? –asentí. Ya sé que piensas que tu
padre no es una buena persona, pero no es así, solo tiene defectos como todas
las personas. Yo lo vi verdaderamente
arrepentido, y sé que él me ama, igual que te ama a ti y a Mónica.
-Ay
por favor, él no nos quiere –dije más triste que molesto.
-Él
los quiere, y sabe que no siempre ha estado cuando más lo han necesitado, no
creas que es un inconsciente. Pero como
te dije la vida no es fácil y mucho menos sencilla de comprender, hay cosas que
no se arreglan con una sola acción.
Así
terminó mi madre la conversación y yo no volví a tocar el tema.
Yo
dejé de odiar a mi padre, y con los años fui tratando de entenderlo, de ponerme
en sus zapatos. Algunas veces lo hacía y
otras no lo lograba. A veces me comportaba como un idiota igual que él,
acostándome con una modelo un día y con otra al siguiente. Había ocasiones que tenía un proyecto
importante; por varios días trabajaba hasta altas horas de la madrugada y me
venía a la mente mi padre, su imagen de hastío por tener que estar en un lugar
y no con su familia. Y creía que lo
entendía por eso. Yo no tenía una
familia que me esperara, pero deseaba que existiera. Pensaba que si algún día tenía hijos no
importaría el poco tiempo que pasara con ellos, siempre habría tiempo para un
abrazo.
O al
menos eso deseaba.
Una diculpa, recién me percate que publiqué en letras negras con un fondo gris y que eso dificultaba la lectura, ya lo corregí.
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