miércoles, 15 de julio de 2015


La Historia de Martín y Elisa

Martín
4
Diciembre, 2010

El año estaba por terminarse y yo comencé a ponerme melancólico, como si en vez del año, lo que se acabara fuera mi vida.  Y de algún modo así me sentía acabado, cómo podía pretender que era feliz, exitoso con dinero, si no tenía a nadie; una mujer con quien compartir mis logros, un hijo al cual malcriar comprándole todo la juguetería. 
Al final, los seres humanos no éramos más que animales, e igual que todos, buscando perpetuar la especie.

Discovery Chanel: Una manada; los machos se reúnen en grupo pareciendo bestias, aparentando ignorar a las hembras.  Las hembras por su parte, también se agrupan, pareciendo más civilizadas, organizadas y cooperativas, aunque en realidad estén fingiendo y luego cuando hay un macho en disputa, se arañen hasta sangrar.  Luego de un tiempo, cuando queda establecido que comparten territorio, el macho se pasea cerca de las hembras.  Por varios días las observa, intenta ver cuál posee los mejores atributos biológicos que le permitan procrear. Llegada la temporada de apareamiento, el macho, ha elegido una hembra, se acerca más, la olfatea, decide que es con ella con quien quiere copular.  Los machos lanzan fuertes berridos intentando atraer a la que previamente han elegido, la hembra lanza una señal, su berrido es el que más le ha atraído: accederá a  copular.  El macho no lo duda y se lanza sobre ella.

Así mismo actuábamos nosotros los supuestos animales racionales. Los hombres somos animales en diferentes formas y de diferentes tipos; algunos como los caballitos de mar, son monógamos, fieles hasta la muerte.  Pero también los había como los leones, que tenían varias hembras.  Hombres que se creían el Rey de la selva. Mi padre, por ejemplo que en un desliz, había procreado un hijo, a quien había mantenido oculto o al menos en secreto para nosotros. 

El rey de la casa creyó que así sería siempre y que nunca nadie se enteraría. Hasta que sucedió una tragedia, la madre de mi medio hermano sufrió un infarto fulminante, dejando a su hijo en el total desamparo con apenas 11  años.  Al ver el que su madre no despertaba, el pobre chico llamó a la oficina de mi padre, como tenía dicho que hiciera en caso de emergencias, la secretaria de mi padre le comunicó que algo no andaba bien y al llegar al departamento, la encontró ya sin vida.  Según mi padre, no conocía a ningún familiar de aquella mujer, así que sin más se presentó con mi hermano, confesándole a mi madre todo lo que había pasado. A Mónica, como buen bicho raro le encantó la idea de tener un hermano con quien jugar, ella de tan solo nueve por supuesto que veía en él a un mejor compañero de juegos que a mí, que acababa de cumplir los 16. Yo no sabía que pensar, la imagen que tenía de mi padre se había desmoronado.  Si bien es cierto que nunca supo darnos un poco de su tiempo y ser un verdadero padre, solía admirarlo, querer llegar a ser como él.  Y pos supuesto tampoco me agradaba la idea de compartir mi habitación.  Por supuesto la más afectada con la noticia fue mi madre, aunque hizo lo que solo una mujer admirable hace: recibir al muchacho e intentar darle un hogar, sin embargo, pese a disimular su tristeza, yo la escuchaba llorar por los rincones.  Un día escuché a mi padre darle una explicación, le confesaba que aquella mujer no había significado nada en su vida que solo habían estado un par de veces juntos al coincidir en un viaje de trabajo y luego de algunas copas, pero de esos encuentros había nacido ese chico, y como hombre responsable había decidido darle su apellido y apoyo económico. “Te juro Estela que esa es la verdad y que no le di más tiempo a ellos que a ustedes”, escuché que decía.  Al menos eso yo sí se lo creía, porque  así era mi padre, un adicto al trabajo.  Supe después que con suerte veía a Lucio, mi medio hermano, una vez al mes. “Vaya”, pensé, desde niño me he venido quejando de que mi padre no compartiera tiempo con nosotros, de verlo sólo de camino al colegio y a ratos los fines de semana, si es que no tenía cenas, partidos de golf, o viajes. Y Lucio, solo lo veía una vez al mes.

La estancia de Lucio en nuestra casa duró muy poco, apenas tres meses, luego de que apareciera un tío que estaba trabajando en el extranjero y ni siquiera se había enterado de la muerte de su hermana.  Mi padre quería la custodia de Lucio, decía que eso era lo correcto, pero lo correcto era que mi hermano estuviera donde mejor se sintiera y al parecer tenía muy buena relación con su tío.  Vino a pasar con nosotros Navidad por los siguientes dos años, hasta que su tío se fue definitivamente del país y él pareció perder por completo el interés en una relación con Mónica o conmigo, pero sobre todo con mi padre. Actualmente recibo un correo electrónico suyo de vez en cuando.

Cuando cumplí 18, cuando no era más que un egoísta pero se asomaba la etapa de comenzar a madurar, le pregunté a mi madre ¿por qué le había perdonado la infidelidad a mi padre? ¿por qué había recibido con tanta amabilidad a ese niño que llegó tan sorpresivamente? y ¿por qué siguió tratando a mi padre como si nada?

-No te entiendo mamá, ¿por qué lo perdonaste? ¿Por qué nos quedamos aquí con él? O ¿por qué no lo corriste de la casa? –pregunté insistente.

Mi madre se sentó con calma en la silla, echó un vistazo a la vista que nos daba el jardín desde el desayunador, luego me tomó de la mano indicándome que también me sentara.

-La vida no es tan fácil de arreglar con una sola acción Martín, y nada hubiera yo ganado al hacer eso.  Mi corazón estaba deshecho –dijo mi madre enjugándose una lágrima –correr a tu padre no habría vuelto a unirlo.  ¿Perdonarlo? No lo perdoné de inmediato, si es lo que crees, pasaron meses, tal vez años.  Pero mi madre siempre me decía que los seres humanos éramos más salvajes que los propios animales, que cometíamos más errores pese a presumir que podíamos pensar, que había cosas que simplemente pasaban y no se podían evitar;  que  a veces eran graves y otras sin importancia.  Algunas cosas simplemente no se podían arreglar y otras lo hacían solo con mucha disposición.  Tu padre se mostró verdaderamente arrepentido de su error y más aún de que tuviera consecuencias.
 
Me quedé mirándola tratando de comprender lo que me explicaba, y creo que en ese momento no lo hice del todo, estiré mi mano para alcanzar la suya, e intentar confortarla, pero mi mano terminó envuelta entre las suyas, y yo siendo al que consolaban.  No sabía que decirle.

-Lucio era solo un niño inocente y ninguna culpa tenía de lo que había pasado.  Además acababa de perder a su madre, ¿no crees que se merecía un poco de compasión? –asentí. Ya sé que piensas que tu padre no es una buena persona, pero no es así, solo tiene defectos como todas las personas.  Yo lo vi verdaderamente arrepentido, y sé que él me ama, igual que te ama a ti y a Mónica.

-Ay por favor, él no nos quiere –dije más triste que molesto.

-Él los quiere, y sabe que no siempre ha estado cuando más lo han necesitado, no creas que es un inconsciente.  Pero como te dije la vida no es fácil y mucho menos sencilla de comprender, hay cosas que no se arreglan con una sola acción.

Así terminó mi madre la conversación y yo no volví a tocar el tema.

Yo dejé de odiar a mi padre, y con los años fui tratando de entenderlo, de ponerme en sus zapatos.  Algunas veces lo hacía y otras no lo lograba. A veces me comportaba como un idiota igual que él, acostándome con una modelo un día y con otra al siguiente.  Había ocasiones que tenía un proyecto importante; por varios días trabajaba hasta altas horas de la madrugada y me venía a la mente mi padre, su imagen de hastío por tener que estar en un lugar y no con su familia.  Y creía que lo entendía por eso.  Yo no tenía una familia que me esperara, pero deseaba que existiera.  Pensaba que si algún día tenía hijos no importaría el poco tiempo que pasara con ellos, siempre habría tiempo para un abrazo.


O al menos eso deseaba.

1 comentario:

  1. Una diculpa, recién me percate que publiqué en letras negras con un fondo gris y que eso dificultaba la lectura, ya lo corregí.

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