La historia de Martín y Elisa
3
Martín
Noviembre 2010
A
pesar de estar rodeado de mujeres hermosas y que estaban dispuestas, tenía
menos sexo que el que mis amigos creían, de hecho estaba por convertirme en el
hombre más casto que se pudiese uno imaginar después del Papa. Lo que me preocupaba no solo a mí, sino a mi
familia. Y las especulaciones no se
hacían esperar.
-Que
eres gay –dijo a modo de saludo en cuanto le abrí la puerta.
Mi
hermana menor nunca había tenido reparo en decir lo que pensaba o contarme
cualquier cosa.
-¿Qué?
-Es
lo que piensan nuestros primos, escuché a mi tía cuando se lo comentaba
sutilmente a mamá.
-Mónica,
me agrada que vengas a visitarme pero… ya sabes que no me interesa lo que
piense la gente de mí.
-Pues
debería –dijo mientras se ponía cómoda en el sofá –Ya te dije que guardaré tu
secreto sobre esa mujer misteriosa que te hechizó, pero a mí sí me preocupa que
esos idiotas hablen de ti. Podrían
afectar tu reputación, y entonces sí,
ninguna chica se te acercara ¡Y
mi mamá! bueno, ella se muere por ser abuela.
Ya les dije el otro día que no pensabas comprometerte aún, pero tiene
tanto que no llevas ninguna chica a la casa.
Al menos antes salías con amigas y esas modelos de tus comerciales.
-Sí,
pero eso era antes, cuando no veía la vida tan en serio. Y cuando las mujeres me veían como un buen
tipo para pasar el rato, salir y tener sexo, no como un marido o el futuro
padre de sus hijos –le expliqué mientras preparaba café.
-Pues
en eso tú tienes la culpa por ser tan buen partido. Eres exitoso, de los mejores publicitas de la
ciudad, guapo, no tienes vicios; si no fueras mi hermano también te
consideraría para marido. Y sobre todo…
porque adoro la vista que tiene tu departamento –finalizó caminando hacia la
ventana y suspirando.
Observé
en silencio a mi hermana, podía sonar tan ordinaria y superficial cuando
hablaba y sin embargo yo sabía que en su cabecita loca pasaban cosas más
interesantes, su mirada quedaba fija y al mismo tiempo extraviada, como
intentando encontrar el equilibrio y encajar en la realidad. Desde que éramos niños solía fugarse, al
principio me asustaba, sus silencios eran repentinos y aunque cortos parecía
que su mente se alejaba de su cuerpo, cómo si cayera a un pozo angosto,
profundo y oscuro, donde nadie más que ella atestiguaba lo que ahí sucedía y de
repente, simplemente salía a la luz.
-Se
renta el departamento de al lado –le dije para sacarla de su ensimismamiento.
-Oh,
ya sabes que con lo que gano apenas pago la mensualidad de mi coche.
-Tienes
gustos caros, debiste pensar en eso antes de ser antropóloga.
-Ni
hablar.
-¿Tres
como siempre?
-Sí,
por favor.
-¿No
crees que es demasiada azúcar?
-La
necesito, para quitarme el mal sabor de boca.
-¿Por
qué dicen que soy gay?
-No,
por algo que paso en el Centro Social.
-¿Todavía
trabajas con ese grupo de mujeres?
-Sí
–dijo dándole un sorbo a su café y quedándose en silencio.
Mónica
siempre había sido la princesita de la casa, mis padres y yo mismo nos habíamos
encargado de pintarle de rosa el mundo.
Era inquieta, curiosa, inteligente, popular entre los chicos y un tanto
materialista, aunque muy noble y compasiva.
Todos nos sorprendimos cuando dijo que estudiaría antropología social.
-Mejor
cuéntame sobre esa chica, ¿cómo es que no has podido olvidarla? ¿Cómo la
conociste?
-¿En
serio quieres escuchar?
-Oh,
por favor.
Retroceder.
“Conocí
a Elisa en la Universidad, en el segundo año de la carrera. Tenía 19 años cuando la vi por primera vez, y
me gustó mucho. Como a todo joven me
llamó la atención su belleza, era natural, es decir, resaltaba entre las demás
por su sencillez. No parecía querer
aparentar nada, ni largas pestañas con doble capa de rímel, o grandes senos con
blusas ceñidas; no, nada de eso.
Simplemente tenía un rostro angelical, mirada dulce y sonrisa
tímida. Disfrutaba verla de vez en
cuando caminar con sus amigas o leyendo un libro en la cafetería. Pero más me encantaba andando en bicicleta,
ver su cabello suelto ondeando con el viento, aunque a veces sentía temor. Me parecía tan bonita y delicada que temía
que pudiera pasarle algo montada en esa cosa”.
“Hasta
ese momento no me interesaba acercarme, me conformaba simplemente con verla,
hasta que dejé de hacerlo un año después.
Se ausentó por varios días, y me descubrí preocupado por ella. Al pasar de los días la preocupación se
convirtió en angustia. Me sentí
verdaderamente triste al pensar que no volvería a verla más. Pensé que algo muy malo le había pasado y
sentí desesperación al no saber nada”.
Al
recordar aquellos días sentí cómo mi rostro se endurecía.
-¿La
observaste durante un año y jamás te acercaste? –me miró incrédula, abriendo
mucho los ojos. – ¿Y qué fue lo que pasó con ella? ¿No regresó a la
universidad?
-Sí,
volvió, estuvo unos días y después…
Era
la primera vez que le contaba a alguien sobre Elisa, mi hermana me escuchaba
atenta y hasta yo me sorprendí de la manera en la que le narraba mis
recuerdos. Me di cuenta que Elisa
significaba más para mí de lo que yo mismo pensaba. Mientras hablaba le fui dando forma a lo que
había sentido por ella desde la primera vez que la vi.
-¿Y
después? ¿Qué pasó después Martín? –preguntó inquieta.
-Después
me tranquilicé al ver que había vuelto a clases. Y sin planearlo simplemente sucedió. Estaba en los jardines del campus realizando
una práctica de mi taller de fotografía, estaba buscando el mejor ángulo para
una toma, di unos pasos hacia atrás sin voltear, escuché que alguien gritaba “cuidado”
y ella casi me arrolla, para evitarlo viró y cayó de la bicicleta.
-Lo
que tanto temías.
-Sí. No me había dado cuenta que era ella hasta
que me acerqué para levantarla, me miró al mismo tiempo que me ofrecía su mano
para levantarla, mi estómago dio un vuelco y sentí esa estupidez de descarga
eléctrica.
-Martín
eso debió ser tan… emocionante –resoplé.
-Más
bien fue extraño, nunca sentí algo así antes; ni después. Se levantó y se sacudió, afortunadamente no
le pasó nada. Me excedí en disculpas,
pero ella me aseguró que estaba bien, solo un poco sucia, estaba nervioso y me
ofrecí a pagar la tintorería, ella se río, “es solo mezclilla y se lava en
casa” me dijo. Me relajé y ambos reímos,
fue como estar en una burbuja, levanté su bicicleta y empezamos a caminar rumbo
al edificio donde tenía clase, me dijo que tenía el tiempo justo para llegar,
estaba en la carrera de Informática, me dijo su nombre y le di el mío, mientras
aseguraba su bicicleta.
-¿Podría
verte mañana? Es decir, para cerciorarme de que no te paso nada después de la
caída –le pedí para evitar que nuestro encuentro no se quedara en algo casual.
-Está
bien, aquí mismo al mediodía, luego de mis clases –me dijo sonriendo.
Y
ahí supe que la quería para mí.
-Al
siguiente día, estuve donde acordamos, no vi su bicicleta, pero pensé que tal
vez vendría de algún otro lado. La
esperé casi una hora y nunca se presentó.
Me sentí como un idiota. Estaba
muy molesto.
Pasaron
más días y noté que otra vez se había ausentado. Un día Tony llegó anunciándome que tenía
noticias, según él, la chica que me gustaba había abandonado la universidad
definitivamente, porque su padre había muerto, eso me aseguró Tony luego de escuchar una plática de
sus amigas. Comprendí que no me había
dejado plantado, que había una razón por la que dejó la escuela, y lo peor que
no la volvería a ver.
-Pero…
¿no intentaste buscarla? No sé, averiguar su dirección, algo; no entiendo, si
te gustaba tanto debiste intentar algo.
-¿Y
crees que sus amigas le darían su dirección a un desconocido? –mi hermana negó
con la cabeza –seis meses después, Tony la encontró, resultó que trabajaba en
un restaurante. Fui a constatarlo, y
cuando la vi me di cuenta que no tenía caso, que no podía simplemente
presentarme ahí y me fui.
-¿Qué?
La encontraste y… ¿te marchaste?
-Así
fue. Creo que sentí miedo, de parecer un
idiota y que encima me rechazara.
-¿Miedo?
-Sí,
ninguna chica me había gustado tanto como para sentir miedo al rechazo.
-¿Al
rechazo? No será que te dio miedo enamorarte de verdad.
Las
palabras de mi hermana hicieron eco en mi mente. “Enamorarte de verdad”.