miércoles, 29 de julio de 2015

Aviso:

Por causas de fuerza mayor me ha sido imposible continuar con la publicación de esta historia, pido disculpas a quienes la han seguido desde el inicio.  

Esto no quiere decir que quedará inconclusa, solo es una pausa.

Les comento que los comentarios han sido abiertos, es decir, para quien quiera de manera respetuosa comentar de forma anónima.

¡¡Excelente día!!


jueves, 16 de julio de 2015

Disculpen los inconvenientes
estoy tratando de corregir los problemas técnicos
 para facilitar la lectura.

Gracias
por su atención

miércoles, 15 de julio de 2015


La Historia de Martín y Elisa

Martín
4
Diciembre, 2010

El año estaba por terminarse y yo comencé a ponerme melancólico, como si en vez del año, lo que se acabara fuera mi vida.  Y de algún modo así me sentía acabado, cómo podía pretender que era feliz, exitoso con dinero, si no tenía a nadie; una mujer con quien compartir mis logros, un hijo al cual malcriar comprándole todo la juguetería. 
Al final, los seres humanos no éramos más que animales, e igual que todos, buscando perpetuar la especie.

Discovery Chanel: Una manada; los machos se reúnen en grupo pareciendo bestias, aparentando ignorar a las hembras.  Las hembras por su parte, también se agrupan, pareciendo más civilizadas, organizadas y cooperativas, aunque en realidad estén fingiendo y luego cuando hay un macho en disputa, se arañen hasta sangrar.  Luego de un tiempo, cuando queda establecido que comparten territorio, el macho se pasea cerca de las hembras.  Por varios días las observa, intenta ver cuál posee los mejores atributos biológicos que le permitan procrear. Llegada la temporada de apareamiento, el macho, ha elegido una hembra, se acerca más, la olfatea, decide que es con ella con quien quiere copular.  Los machos lanzan fuertes berridos intentando atraer a la que previamente han elegido, la hembra lanza una señal, su berrido es el que más le ha atraído: accederá a  copular.  El macho no lo duda y se lanza sobre ella.

Así mismo actuábamos nosotros los supuestos animales racionales. Los hombres somos animales en diferentes formas y de diferentes tipos; algunos como los caballitos de mar, son monógamos, fieles hasta la muerte.  Pero también los había como los leones, que tenían varias hembras.  Hombres que se creían el Rey de la selva. Mi padre, por ejemplo que en un desliz, había procreado un hijo, a quien había mantenido oculto o al menos en secreto para nosotros. 

El rey de la casa creyó que así sería siempre y que nunca nadie se enteraría. Hasta que sucedió una tragedia, la madre de mi medio hermano sufrió un infarto fulminante, dejando a su hijo en el total desamparo con apenas 11  años.  Al ver el que su madre no despertaba, el pobre chico llamó a la oficina de mi padre, como tenía dicho que hiciera en caso de emergencias, la secretaria de mi padre le comunicó que algo no andaba bien y al llegar al departamento, la encontró ya sin vida.  Según mi padre, no conocía a ningún familiar de aquella mujer, así que sin más se presentó con mi hermano, confesándole a mi madre todo lo que había pasado. A Mónica, como buen bicho raro le encantó la idea de tener un hermano con quien jugar, ella de tan solo nueve por supuesto que veía en él a un mejor compañero de juegos que a mí, que acababa de cumplir los 16. Yo no sabía que pensar, la imagen que tenía de mi padre se había desmoronado.  Si bien es cierto que nunca supo darnos un poco de su tiempo y ser un verdadero padre, solía admirarlo, querer llegar a ser como él.  Y pos supuesto tampoco me agradaba la idea de compartir mi habitación.  Por supuesto la más afectada con la noticia fue mi madre, aunque hizo lo que solo una mujer admirable hace: recibir al muchacho e intentar darle un hogar, sin embargo, pese a disimular su tristeza, yo la escuchaba llorar por los rincones.  Un día escuché a mi padre darle una explicación, le confesaba que aquella mujer no había significado nada en su vida que solo habían estado un par de veces juntos al coincidir en un viaje de trabajo y luego de algunas copas, pero de esos encuentros había nacido ese chico, y como hombre responsable había decidido darle su apellido y apoyo económico. “Te juro Estela que esa es la verdad y que no le di más tiempo a ellos que a ustedes”, escuché que decía.  Al menos eso yo sí se lo creía, porque  así era mi padre, un adicto al trabajo.  Supe después que con suerte veía a Lucio, mi medio hermano, una vez al mes. “Vaya”, pensé, desde niño me he venido quejando de que mi padre no compartiera tiempo con nosotros, de verlo sólo de camino al colegio y a ratos los fines de semana, si es que no tenía cenas, partidos de golf, o viajes. Y Lucio, solo lo veía una vez al mes.

La estancia de Lucio en nuestra casa duró muy poco, apenas tres meses, luego de que apareciera un tío que estaba trabajando en el extranjero y ni siquiera se había enterado de la muerte de su hermana.  Mi padre quería la custodia de Lucio, decía que eso era lo correcto, pero lo correcto era que mi hermano estuviera donde mejor se sintiera y al parecer tenía muy buena relación con su tío.  Vino a pasar con nosotros Navidad por los siguientes dos años, hasta que su tío se fue definitivamente del país y él pareció perder por completo el interés en una relación con Mónica o conmigo, pero sobre todo con mi padre. Actualmente recibo un correo electrónico suyo de vez en cuando.

Cuando cumplí 18, cuando no era más que un egoísta pero se asomaba la etapa de comenzar a madurar, le pregunté a mi madre ¿por qué le había perdonado la infidelidad a mi padre? ¿por qué había recibido con tanta amabilidad a ese niño que llegó tan sorpresivamente? y ¿por qué siguió tratando a mi padre como si nada?

-No te entiendo mamá, ¿por qué lo perdonaste? ¿Por qué nos quedamos aquí con él? O ¿por qué no lo corriste de la casa? –pregunté insistente.

Mi madre se sentó con calma en la silla, echó un vistazo a la vista que nos daba el jardín desde el desayunador, luego me tomó de la mano indicándome que también me sentara.

-La vida no es tan fácil de arreglar con una sola acción Martín, y nada hubiera yo ganado al hacer eso.  Mi corazón estaba deshecho –dijo mi madre enjugándose una lágrima –correr a tu padre no habría vuelto a unirlo.  ¿Perdonarlo? No lo perdoné de inmediato, si es lo que crees, pasaron meses, tal vez años.  Pero mi madre siempre me decía que los seres humanos éramos más salvajes que los propios animales, que cometíamos más errores pese a presumir que podíamos pensar, que había cosas que simplemente pasaban y no se podían evitar;  que  a veces eran graves y otras sin importancia.  Algunas cosas simplemente no se podían arreglar y otras lo hacían solo con mucha disposición.  Tu padre se mostró verdaderamente arrepentido de su error y más aún de que tuviera consecuencias.
 
Me quedé mirándola tratando de comprender lo que me explicaba, y creo que en ese momento no lo hice del todo, estiré mi mano para alcanzar la suya, e intentar confortarla, pero mi mano terminó envuelta entre las suyas, y yo siendo al que consolaban.  No sabía que decirle.

-Lucio era solo un niño inocente y ninguna culpa tenía de lo que había pasado.  Además acababa de perder a su madre, ¿no crees que se merecía un poco de compasión? –asentí. Ya sé que piensas que tu padre no es una buena persona, pero no es así, solo tiene defectos como todas las personas.  Yo lo vi verdaderamente arrepentido, y sé que él me ama, igual que te ama a ti y a Mónica.

-Ay por favor, él no nos quiere –dije más triste que molesto.

-Él los quiere, y sabe que no siempre ha estado cuando más lo han necesitado, no creas que es un inconsciente.  Pero como te dije la vida no es fácil y mucho menos sencilla de comprender, hay cosas que no se arreglan con una sola acción.

Así terminó mi madre la conversación y yo no volví a tocar el tema.

Yo dejé de odiar a mi padre, y con los años fui tratando de entenderlo, de ponerme en sus zapatos.  Algunas veces lo hacía y otras no lo lograba. A veces me comportaba como un idiota igual que él, acostándome con una modelo un día y con otra al siguiente.  Había ocasiones que tenía un proyecto importante; por varios días trabajaba hasta altas horas de la madrugada y me venía a la mente mi padre, su imagen de hastío por tener que estar en un lugar y no con su familia.  Y creía que lo entendía por eso.  Yo no tenía una familia que me esperara, pero deseaba que existiera.  Pensaba que si algún día tenía hijos no importaría el poco tiempo que pasara con ellos, siempre habría tiempo para un abrazo.


O al menos eso deseaba.

miércoles, 8 de julio de 2015

La historia de Martín y Elisa

4
Elisa

Agosto 2010

Una mañana me desperté más animada que nunca, había madrugado, ordené la casa, me di un largo baño de agua caliente mientras pensaba que pondría todo de mi parte para escapar de una buena vez de Ricardo, quien cada día estaba peor.  Él decía que todo era debido a su trabajo, no había vuelto a maltratarme pero estaba raro, y había decidido contratar un chofer, me dijo que así podría estar a tiempo en los aeropuertos sin estresarse antes de un vuelo y después regresaría a casa para que dispusiera de él, pero por alguna razón, sentí que era una forma de controlarme, en más de diez años de matrimonio y con la misma profesión, Ricardo nunca pensó en la posibilidad de tener un chofer, me parecía tan extraño que lo hiciera ahora.  También me había regalado un teléfono de última generación, dijo que para poder comunicarnos mejor, e insistía en que descargara una aplicación de seguridad, la aplicación tenía acceso a tu agenda, y marcaba con palomitas los sitios a los que habías asistido, en caso de secuestro, es decir, en caso de no llegar a un lugar en un tiempo aproximado, que la misma aplicación calculaba, se activaba una alerta avisando a la persona a quien tu hubieras elegido, a menos que tu indicaras que habías cambiado la ruta o la cita.  Me resistí a descargarla, odiaba sentirme vigilada, pero accedí; tenía que ser muy cuidadosa, para que él no sospechara nada y seguir actuando.  No sabía si me estaba equivocando pero al menos tenía que hacerlo.  Intentar arreglar mi vida.

Encendí la computadora, tecleé: mujeres maltratadas, el buscador me dio más opciones y me concentré en dos: Centros de ayuda a mujeres maltratadas, Centros de orientación y asesoría jurídica a víctimas de violencia.  Fui deslizando lentamente hacia abajo el mouse leyendo cuidadosamente las opciones, hasta que encontré una que llamó mi atención, Centro de Atención Social y Ayuda para Mujeres. CASA-M.  No había ninguna dirección, solo un teléfono.  Llamé, me contestó una mujer de voz suave y melodiosa.  Por un momento me arrepentí y quise colgar, pero la voz de la mujer me daba confianza.

-Estamos para ayudarte, puedes confiar en nosotros, somos una institución seria, podemos asesorarte como tú más lo necesites, tal vez ahora solo estas confundida, o solo necesitas que alguien te escuche.  Si lo que crees es que estás corriendo un grave riesgo podemos darte asilo, tu información está segura con nosotros, ahora si así no lo deseas, no tienes que decirme tu nombre.

-Mi nombre es Eli… Eli, yo… encontré su teléfono por internet –dije con voz insegura.

-Bien Eli, ¿Cómo podemos ayudarte?

-Quiero dejar a mi esposo, pero no me atrevo.

-¿Y por qué quieres dejarlo Eli?

-El me golpeó hace tiempo, no ha vuelto a hacerlo –dije intentando justificar a Ricardo –pero… temo que un día lo haga de nuevo.

-Tus temores no son injustificados, ¿por qué crees que lo hará? ¿Has notado algo raro?

-Sí.  Él es piloto, su trabajo no tiene horario, antes trabajaba en una aerolínea y me daba la programación de sus vuelos, luego perdió su empleo y encontró trabajo como piloto del avión privado de un señor muy adinerado, está a su total disposición, al principio me avisaba cuando regresaría a casa, pero desde hace un tiempo, no me avisa, simplemente se presenta de sorpresa, y se altera cuando me opongo a sus deseos, comienza gritando e inmediatamente después se calma, explicándome que todo lo que hace lo hace por mi bien.  Siempre quiere saber dónde y con quien estaré.

-Bueno Eli, el control también es una forma de violentarte, si ya no te sientes a gusto a su lado, tienes el derecho a salir de ahí.

-Es que no tengo a dónde ir, no tengo familia, y tampoco tengo dinero, mi esposo me da lo mínimo y me obliga a usar tarjetas de crédito, dice que es más seguro, tampoco me deja trabajar.

-Pero tendrás alguna amiga, alguien que pueda apoyarte.

-Él me fue alejando poco a poco de mis amigas y ahora la única amiga que tengo es la esposa de su mejor amigo, no podría pedirle ayuda.

-Entiendo, entonces ¿cómo te gustaría que te apoyáramos?

-No estoy segura –dije más confundida que nunca.

-Bien, te invito a que visites CASA-M, puedes venir y recibir apoyo, escuchar historias de otras como tú, o quedarte en la casa junto con otras mujeres que no tienen a nadie.  Voy a darte la dirección, pero escúchame atentamente, esto es por tu propia seguridad, debes anotar la dirección en una hoja, memorizarla y después destruirla. ¿Comprendes?

-Sí, entiendo.

-Puedes volver a llamarnos, si te sientes más cómoda, o ir al Centro si así lo decides.  Nuestras puertas están abiertas, pero nadie podrá ayudarte más que tú misma.
Cuando colgué estaba más temerosa que antes, y con más dudas.  Memoricé la dirección del centro y tiré la hoja donde lo había anotado a la basura.


Esa mujer tenía razón, nadie haría por mi nada. Era yo quien tenía que pelear, ponerme bajo la protección de alguien ya lo había vivido, y no había funcionado, esta vez tenía que hacerlo por mí misma.

miércoles, 1 de julio de 2015

La historia de Martín y Elisa
3
Martín
Noviembre 2010

A pesar de estar rodeado de mujeres hermosas y que estaban dispuestas, tenía menos sexo que el que mis amigos creían, de hecho estaba por convertirme en el hombre más casto que se pudiese uno imaginar después del Papa.  Lo que me preocupaba no solo a mí, sino a mi familia.  Y las especulaciones no se hacían esperar.

-Que eres gay –dijo a modo de saludo en cuanto le abrí la puerta.

Mi hermana menor nunca había tenido reparo en decir lo que pensaba o contarme cualquier cosa.

-¿Qué?

-Es lo que piensan nuestros primos, escuché a mi tía cuando se lo comentaba sutilmente a mamá.

-Mónica, me agrada que vengas a visitarme pero… ya sabes que no me interesa lo que piense la gente de mí.

-Pues debería –dijo mientras se ponía cómoda en el sofá –Ya te dije que guardaré tu secreto sobre esa mujer misteriosa que te hechizó, pero a mí sí me preocupa que esos idiotas hablen de ti.  Podrían afectar tu reputación, y entonces sí,  ninguna chica se te acercara  ¡Y mi mamá! bueno, ella se muere por ser abuela.  Ya les dije el otro día que no pensabas comprometerte aún, pero tiene tanto que no llevas ninguna chica a la casa.  Al menos antes salías con amigas y esas modelos de tus comerciales.

-Sí, pero eso era antes, cuando no veía la vida tan en serio.  Y cuando las mujeres me veían como un buen tipo para pasar el rato, salir y tener sexo, no como un marido o el futuro padre de sus hijos –le expliqué mientras preparaba café.

-Pues en eso tú tienes la culpa por ser tan buen partido.  Eres exitoso, de los mejores publicitas de la ciudad, guapo, no tienes vicios; si no fueras mi hermano también te consideraría para marido.  Y sobre todo… porque adoro la vista que tiene tu departamento –finalizó caminando hacia la ventana y suspirando.

Observé en silencio a mi hermana, podía sonar tan ordinaria y superficial cuando hablaba y sin embargo yo sabía que en su cabecita loca pasaban cosas más interesantes, su mirada quedaba fija y al mismo tiempo extraviada, como intentando encontrar el equilibrio y encajar en la realidad.  Desde que éramos niños solía fugarse, al principio me asustaba, sus silencios eran repentinos y aunque cortos parecía que su mente se alejaba de su cuerpo, cómo si cayera a un pozo angosto, profundo y oscuro, donde nadie más que ella atestiguaba lo que ahí sucedía y de repente, simplemente salía a la luz.

-Se renta el departamento de al lado –le dije para sacarla de su ensimismamiento.

-Oh, ya sabes que con lo que gano apenas pago la mensualidad de mi coche.

-Tienes gustos caros, debiste pensar en eso antes de ser antropóloga.

-Ni hablar. 

-¿Tres como siempre?

-Sí, por favor.

-¿No crees que es demasiada azúcar?

-La necesito, para quitarme el mal sabor de boca.

-¿Por qué dicen que soy gay?

-No, por algo que paso en el Centro Social.

-¿Todavía trabajas con ese grupo de mujeres?

-Sí –dijo dándole un sorbo a su café y quedándose en silencio.

Mónica siempre había sido la princesita de la casa, mis padres y yo mismo nos habíamos encargado de pintarle de rosa el mundo.  Era inquieta, curiosa, inteligente, popular entre los chicos y un tanto materialista, aunque muy noble y compasiva.  Todos nos sorprendimos cuando dijo que estudiaría antropología social.

-Mejor cuéntame sobre esa chica, ¿cómo es que no has podido olvidarla? ¿Cómo la conociste?

-¿En serio quieres escuchar?

-Oh, por favor.

Retroceder.

“Conocí a Elisa en la Universidad, en el segundo año de la carrera.  Tenía 19 años cuando la vi por primera vez, y me gustó mucho.  Como a todo joven me llamó la atención su belleza, era natural, es decir, resaltaba entre las demás por su sencillez.  No parecía querer aparentar nada, ni largas pestañas con doble capa de rímel, o grandes senos con blusas ceñidas; no, nada de eso.  Simplemente tenía un rostro angelical, mirada dulce y sonrisa tímida.  Disfrutaba verla de vez en cuando caminar con sus amigas o leyendo un libro en la cafetería.  Pero más me encantaba andando en bicicleta, ver su cabello suelto ondeando con el viento, aunque a veces sentía temor.  Me parecía tan bonita y delicada que temía que pudiera pasarle algo montada en esa cosa”.

“Hasta ese momento no me interesaba acercarme, me conformaba simplemente con verla, hasta que dejé de hacerlo un año después.  Se ausentó por varios días, y me descubrí preocupado por ella.  Al pasar de los días la preocupación se convirtió en angustia.  Me sentí verdaderamente triste al pensar que no volvería a verla más.  Pensé que algo muy malo le había pasado y sentí desesperación al no saber nada”.
 
Al recordar aquellos días sentí cómo mi rostro se endurecía.
 
-¿La observaste durante un año y jamás te acercaste? –me miró incrédula, abriendo mucho los ojos. – ¿Y qué fue lo que pasó con ella? ¿No regresó a la universidad?

-Sí, volvió, estuvo unos días y después…

Era la primera vez que le contaba a alguien sobre Elisa, mi hermana me escuchaba atenta y hasta yo me sorprendí de la manera en la que le narraba mis recuerdos.  Me di cuenta que Elisa significaba más para mí de lo que yo mismo pensaba.  Mientras hablaba le fui dando forma a lo que había sentido por ella desde la primera vez que la vi.

-¿Y después? ¿Qué pasó después Martín? –preguntó inquieta.

-Después me tranquilicé al ver que había vuelto a clases.  Y sin planearlo simplemente sucedió.  Estaba en los jardines del campus realizando una práctica de mi taller de fotografía, estaba buscando el mejor ángulo para una toma, di unos pasos hacia atrás sin voltear, escuché que alguien gritaba “cuidado” y ella casi me arrolla, para evitarlo viró y cayó de la bicicleta.

-Lo que tanto temías.

-Sí.  No me había dado cuenta que era ella hasta que me acerqué para levantarla, me miró al mismo tiempo que me ofrecía su mano para levantarla, mi estómago dio un vuelco y sentí esa estupidez de descarga eléctrica.

-Martín eso debió ser tan… emocionante –resoplé.

-Más bien fue extraño, nunca sentí algo así antes; ni después.  Se levantó y se sacudió, afortunadamente no le pasó nada.  Me excedí en disculpas, pero ella me aseguró que estaba bien, solo un poco sucia, estaba nervioso y me ofrecí a pagar la tintorería, ella se río, “es solo mezclilla y se lava en casa” me dijo.  Me relajé y ambos reímos, fue como estar en una burbuja, levanté su bicicleta y empezamos a caminar rumbo al edificio donde tenía clase, me dijo que tenía el tiempo justo para llegar, estaba en la carrera de Informática, me dijo su nombre y le di el mío, mientras aseguraba su bicicleta.

-¿Podría verte mañana? Es decir, para cerciorarme de que no te paso nada después de la caída –le pedí para evitar que nuestro encuentro no se quedara en algo casual.

-Está bien, aquí mismo al mediodía, luego de mis clases –me dijo sonriendo.

Y ahí supe que la quería para mí.

-Al siguiente día, estuve donde acordamos, no vi su bicicleta, pero pensé que tal vez vendría de algún otro lado.  La esperé casi una hora y nunca se presentó.  Me sentí como un idiota.  Estaba muy molesto.

Pasaron más días y noté que otra vez se había ausentado.  Un día Tony llegó anunciándome que tenía noticias, según él, la chica que me gustaba había abandonado la universidad definitivamente, porque su padre había muerto, eso me  aseguró Tony luego de escuchar una plática de sus amigas.  Comprendí que no me había dejado plantado, que había una razón por la que dejó la escuela, y lo peor que no la volvería a ver.

-Pero… ¿no intentaste buscarla? No sé, averiguar su dirección, algo; no entiendo, si te gustaba tanto debiste intentar algo.

-¿Y crees que sus amigas le darían su dirección a un desconocido? –mi hermana negó con la cabeza –seis meses después, Tony la encontró, resultó que trabajaba en un restaurante.  Fui a constatarlo, y cuando la vi me di cuenta que no tenía caso, que no podía simplemente presentarme ahí y me fui.

-¿Qué? La encontraste y… ¿te marchaste?

-Así fue.  Creo que sentí miedo, de parecer un idiota y que encima me rechazara.

-¿Miedo?

-Sí, ninguna chica me había gustado tanto como para sentir miedo al rechazo. 

-¿Al rechazo? No será que te dio miedo enamorarte de verdad.


Las palabras de mi hermana hicieron eco en mi mente.  “Enamorarte de verdad”.


miércoles, 24 de junio de 2015

La historia de Martín y Elisa
3
Elisa

¿Cómo llegue a eso? Pues bien, no me atreví a dejar a mi esposo desde el principio, cuando me di cuenta que mi vida peligraba.  Él sabía que yo no tenía a nadie y estaba seguro que el miedo me dominaba.  Y no se equivocaba.  En lo que sí se equivocaba era en el amor que creía que yo aún le tenía.  Ese mismo que yo creía que le tenía y que se había convertido en odio.  Pero en realidad yo no dejé de querer a Ricardo, porque la verdad es que no puedes dejar de querer a alguien a quien nunca has querido, pero le perdí el respeto, primero empecé a sentir lástima por él y luego desprecio.  En cambio Ricardo, sí que me dejó de amar.  Primero puede que se haya sentido decepcionado, pero estoy segura que después, en él empezó a crecer un odio hacia mí.  Y es que no se lastima lo que se ama, en teoría.

Ricardo era hijo único, su padre había muerto cuando él era tan solo un bebé, su madre encontró una nueva pareja pero el tipo resultó ser un desgraciado, lo golpeaba y su madre nunca hizo nada para defenderlo, se limitaba a llorar y mojar las pantimedias.  “La paralizaba el miedo”, me contó un día, “tardé muchos años en comprender por qué no hacía nada para que el infeliz no me tocara, tan solo se quedaba parada mirándome, apretando los ojos, derramando una lágrima y en ocasiones, para no pensar en el dolor yo intentaba descifrar por qué sus medias se ponían oscuras”.  Ricardo había sido un niño maltratado, y creció viendo como su padrastro maltrataba a su madre, y no había que ser muy lista para adivinar el futuro que me deparaba a mí y a mi descendencia a su lado, pero no lo supe sino hasta un par de años después de casarnos, cuando me lo contó, vi lo frágil que podía ser una persona por dentro y ocultarlo fingiendo ser dura e impenetrable.
 
Cuando recién supe de esto sentí asco por la madre de mi esposo, ¿cómo pudo permitir que un imbécil tocara a su pequeño hijo indefenso?  Ahora aunque no la justificaba la comprendía, se sentía sola, desamparada.  Acababa de quedar viuda, con un niño pequeño y seguro sentía que el mundo se le venía encima, estaba en la total incertidumbre.

Así me sentí yo cuando murieron mis padres en aquél accidente de auto, sola y sin saber qué pasaría conmigo.  En eso fue lo primero con lo que me identifiqué con Ricardo, ambos éramos huérfanos, y sabíamos lo duro que era.  Tal vez en su momento esa razón me pareció suficiente para creer que uno al otro nos cuidaríamos.

Si no hubiera sido por mi tío Raúl, primo de mi padre, yo hubiera terminado en una casa hogar.  Él me rescató por primera vez.  Me trataba como a una hija, siempre deseo tener una niña, pero la vida solo le dio dos hijos varones, así que para él yo ocupaba ese lugar.  Sin embargo, su esposa, me miraba con recelo, como alguien extraño que solo pasaría ahí una temporada.  Siempre fue amable pero jamás cariñosa, yo tan solo tenía nueve años y necesitaba tanto el cariño de una madre.  Por supuesto no lo tuve.

Luego cuando mi tío murió sentí que yo sobraba en su casa, su esposa tenía que enfrentar sola la vida con dos hijos y todas las deudas de su negocio.  Mi tío siempre había sido un hombre responsable, íntegro; debió estar verdaderamente desesperado para tomar la decisión de quitarse la vida.  Tuve que abandonar la universidad y ponerme a trabajar, ya no tenía a mi tío para darme su apoyo y además sentí la obligación moral de ayudar a su esposa, al menos por un tiempo.  La verdad es que tampoco tenía a dónde ir. 

-Comprenderás que no pueda seguir apoyándote con la universidad –dijo Dinorah.

-Claro, no tiene ni que decirlo.  Voy a buscar un trabajo.

-Es muy considerado de tu parte, yo sola no podría con todo, tu tío no dejo más que deudas –dijo exhalando y dejándose caer en el sofá, renunciando, igual que yo, sin antes haber luchado.

Un solo año en la universidad no me sirvió de nada, no aprobé las pruebas para ser cajera en un banco, y alguien más obtuvo el puesto de asistente administrativa, me sentí desesperada, no encontré nada mejor que el empleo como mesera en el Blue B, un restaurante de moda en una de las mejores zonas de la ciudad, me prometieron las mejores propinas y dinero era lo que yo necesitaba.  Fue ahí donde conocí a Ricardo, dos años después de la muerte de mi tío.  Siempre pedía la misma mesa para que yo lo atendiera y no perdía oportunidad para coquetearme.  Al principio me molestaba, pero poco a poco fue ganándose mi atención y mi confianza.  Hasta que acepté salir con él.  Me convencí que su interés por mí era sincero y había sido persistente, decidí darle una oportunidad.  Me conquistó su forma de tratarme, tan caballeroso y atento, me sentía segura a su lado.  Me agradaba y creí que lo quería, que con él estaría bien y dejaría de ser una carga para la esposa de mi tío.  Así fue como acepté su propuesta de matrimonio luego de un año de relación.

Ahora pienso que fue por miedo, miedo a estar sola, a enfrentar la vida, a pasarla mal.  Igual que mi tío tomé el camino fácil.  Ricardo me confundió, yo creí que lo que él me hacía sentir era amor, pero no fue así, ahora comprendo que yo solo buscaba seguridad, protección, la misma que perdí cuando murieron mis padres y cuando se suicidó mi tío.  Me sentí perdida y creí que con él encontraba el amor, que podría llegar a ser feliz.

Lamentablemente no fue así, a veces encontramos al amor, o él nos encuentra a nosotros, pero decide no quedarse, o nosotros lo dejamos ir.  La vida te azota, tus miedos se apoderan de ti, incluso te vuelves su prisionero; eliges mal, cometes errores, y arruinas tu vida.



miércoles, 17 de junio de 2015

La historia de Martín y Elisa
2
Martín
Junio 2010

Realmente aún era joven, treinta y tres recién cumplidos; pero comenzaba a pesarme ver a mis amigos casados y con hijos, lo cual me resultaba muy extraño pues nunca el matrimonio estuvo en mis planes.  Sin embargo cuando veía niños pequeños algo dentro de mí se sacudía, venía a mí la idea de tener un hogar, e inmediatamente el recuerdo de Elisa, su imagen en mi mente. ¿Qué tenía esa mujer que no podía olvidarla?

El último día que la vi fue aquél en que Tony, uno de mis amigos de la universidad me había insistido en ir al restaurante donde supuestamente ella trabajaba.  Habían pasado 12 años de eso y aún lo recordaba claramente.  Antes de entrar al restaurante Tony la señaló y yo me quedé mirándola a través del cristal, me quedé boquiabierto viendo su rostro, sus facciones que me encantaban, e inevitablemente las curvas que dibujaban su vestido.  De su rostro pasé al contexto y me chocó verla en ese lugar, con ese uniforme de camarera caminando entre las mesas ante la vista de esos infelices.  Ahí mismo fui testigo de algo que me hizo enfurecer, ella atendía una mesa cuando dos tipos que estaban detrás suyo no paraban de mirarla de manera obscena, intercambiaban palabras y podría jurar que su conversación era lasciva.  Los miré con rabia esperando que mi molestia atravesara el cristal y los derribara, o mejor, los hiciera estallar, convertirlos en cenizas; Tony me llamó, caminé hacia él que ya pedía una mesa, pero yo ya me sentía totalmente incómodo.

-¡Vámonos! Cambie de idea –le dije y salí de ahí.

-Oye Martín, ¡Martín! –escuché que gritaba y en poco tiempo lo tuve caminando a mi lado desconcertado.

Llegué hasta el coche todavía un tanto iracundo y con un ardor que me recorría cada centímetro de la piel.

-¿Decepcionado? –preguntó.

Lo miré sorprendido, no sabía qué era lo que estaba proyectando o por qué él pensaba eso.

-No, no es decepción, es solo que no estoy preparado aún –le dije.

-¿Preparado para qué? –preguntó extrañado, pero no le contesté.

Y es que en verdad no lo estaba, en ese momento hubiera querido sacarla de ahí, llevarla conmigo y protegerla de tipos como esos, evitarle la necesidad de estar ahí.  ¿Pero cómo iba yo a hacerlo?  Si no era más que un estudiante que dependía de sus padres, yo que jamás había trabajado y siempre lo había tenido todo.  Me sentí un estúpido soñando ser el príncipe azul.

Ahí estaba yo, dudando, equivocándome, ¿pero y qué otra cosa podía hacer?  Yo era un completo desconocido para ella, acaso iba a lograr que me siguiera, que abandonara su empleo, que siquiera me tomara en cuenta.


Avanzar.  Era la única cosa que podía hacer, avanzar y buscarla después.