miércoles, 17 de junio de 2015

La historia de Martín y Elisa
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Martín
Junio 2010

Realmente aún era joven, treinta y tres recién cumplidos; pero comenzaba a pesarme ver a mis amigos casados y con hijos, lo cual me resultaba muy extraño pues nunca el matrimonio estuvo en mis planes.  Sin embargo cuando veía niños pequeños algo dentro de mí se sacudía, venía a mí la idea de tener un hogar, e inmediatamente el recuerdo de Elisa, su imagen en mi mente. ¿Qué tenía esa mujer que no podía olvidarla?

El último día que la vi fue aquél en que Tony, uno de mis amigos de la universidad me había insistido en ir al restaurante donde supuestamente ella trabajaba.  Habían pasado 12 años de eso y aún lo recordaba claramente.  Antes de entrar al restaurante Tony la señaló y yo me quedé mirándola a través del cristal, me quedé boquiabierto viendo su rostro, sus facciones que me encantaban, e inevitablemente las curvas que dibujaban su vestido.  De su rostro pasé al contexto y me chocó verla en ese lugar, con ese uniforme de camarera caminando entre las mesas ante la vista de esos infelices.  Ahí mismo fui testigo de algo que me hizo enfurecer, ella atendía una mesa cuando dos tipos que estaban detrás suyo no paraban de mirarla de manera obscena, intercambiaban palabras y podría jurar que su conversación era lasciva.  Los miré con rabia esperando que mi molestia atravesara el cristal y los derribara, o mejor, los hiciera estallar, convertirlos en cenizas; Tony me llamó, caminé hacia él que ya pedía una mesa, pero yo ya me sentía totalmente incómodo.

-¡Vámonos! Cambie de idea –le dije y salí de ahí.

-Oye Martín, ¡Martín! –escuché que gritaba y en poco tiempo lo tuve caminando a mi lado desconcertado.

Llegué hasta el coche todavía un tanto iracundo y con un ardor que me recorría cada centímetro de la piel.

-¿Decepcionado? –preguntó.

Lo miré sorprendido, no sabía qué era lo que estaba proyectando o por qué él pensaba eso.

-No, no es decepción, es solo que no estoy preparado aún –le dije.

-¿Preparado para qué? –preguntó extrañado, pero no le contesté.

Y es que en verdad no lo estaba, en ese momento hubiera querido sacarla de ahí, llevarla conmigo y protegerla de tipos como esos, evitarle la necesidad de estar ahí.  ¿Pero cómo iba yo a hacerlo?  Si no era más que un estudiante que dependía de sus padres, yo que jamás había trabajado y siempre lo había tenido todo.  Me sentí un estúpido soñando ser el príncipe azul.

Ahí estaba yo, dudando, equivocándome, ¿pero y qué otra cosa podía hacer?  Yo era un completo desconocido para ella, acaso iba a lograr que me siguiera, que abandonara su empleo, que siquiera me tomara en cuenta.


Avanzar.  Era la única cosa que podía hacer, avanzar y buscarla después.

2 comentarios:

  1. Hola, V! Te felicito por tu nueva historia. El arranque ha sido dramático e impactante y estoy deseando leer la continuación pues el relato promete. Me quedo con esas reflexiones vitales expresadas con tanto acierto y sensibilidad. Besos, amiga!

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    1. Muchas gracias querida P. Tus comentarios siempre tan halagadores. Besos.


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