lunes, 1 de junio de 2015

La Historia de Martín y Elisa

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Elisa
Mayo, 2011

Cuántas veces le decimos a una persona o a varias (dependiendo de nuestro nivel de escrúpulo o bien, inestabilidad, calentura, o estupidez): “Eres el amor de mi vida”;  cuando en realidad lo que debíamos decir es: “Soy el amor de mi vida”.  Si en vez de buscar o esperar a que llegue ese amor y comprendiéramos que podemos ser felices con nuestro propio amor, el que hacia nosotros mismos debería ser infinito, fiel, sincero y poderoso.
Pero ¿será que esto es imposible? Que el ser humano ni siquiera es capaz de serse fiel a sí mismo, ¿será que es parte de nuestra naturaleza?  Se supone que el cerebro es capaz de… razonar.  O tal vez, el problema simplemente está en el inconsciente.
Es curiosa la forma en que trabaja nuestra mente; cómo desde joven intenta aprenderlo todo, grabando como cincel en dura piedra todo lo que le permiten los sentidos: sensaciones, olores, sabores.  Información que va construyendo pensamientos y moldeando los sentimientos y a lo largo de la vida dejando cicatrices en forma de recuerdos.
Recuerdos.
Imágenes de los últimos años de mi vida comenzaron a correr en mi mente a gran velocidad.  Intentaba descifrar el momento que me había traído a esto, imaginé una chispa, y una larga mecha que fue consumiéndose lentamente hasta hacer estallar la bomba.  Seguí rebuscando, registrando archivos, vaciando cajones, tenía que haber algo, el origen de esta terrible situación: la de encontrarme tirada en el suelo, en medio de un charco de sangre.


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