miércoles, 10 de junio de 2015

La historia de Martín y Elisa

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Elisa
Mayo 2011

La primera vez que Ricardo fue violento conmigo no le di importancia, ni siquiera recuerdo por qué discutimos, solo recuerdo que en mi brazo aparecieron moretones con la forma de sus dedos.  Él no se disculpó. 

La segunda vez sí la recuerdo, me sorprendió tomando la píldora anticonceptiva.  Y no es que yo no deseara tener hijos, al contrario.  Tres meses atrás habíamos acordado intentarlo y dejé de tomarlas, pero al siguiente mes él perdió su empleo.  La aerolínea para la que trabajaba se declaró en quiebra.  Las cosas no pintaban bien y pensé que no era el mejor momento.  Creí que era obvio y que no era necesario consultarlo con él.  Me reclamó por frustrar su sueño de ser padre, me insultó y me dijo que había un montón de mujeres que estarían dispuestas a complacerlo.  Me empujó, yo perdí el equilibrio y me pegué en la frente con el lavabo.  Cuatro puntos y la primera cicatriz visible.  Esa vez sí se disculpó.

Yo estaba de rodillas en el piso, pasé mi mano por la frente y sentí la humedad, que en un principio creí era agua.  Cuando bajé mi mano a la altura de mis ojos me di cuenta que realidad era un poco de sangre, no me alarmé.  Ricardo sí.  Inmediatamente me levantó y limpió mi herida.

-No es gran cosa. Voy a estar bien.

Mentí sin saberlo.  ¡Grandísima idiota! Por supuesto que no estaría bien.

-¡Pero sí estás sangrando! Cariño discúlpame, no medí mi fuerza.  Lo siento tanto preciosa, voy a llevarte al médico, estarás bien.  Perdóname, perdóname, soy un idiota –no paraba de disculparse.

Fue atento conmigo durante una semana, se mostró muy arrepentido y hasta me mandó flores.  Por mucho tiempo no le di importancia a ambos sucesos; hasta le concedí la razón a Ricardo, me repetí una y mil veces que lo del lavabo había sido solo un accidente.

Pero unos meses después vino la tercera vez y con ella una estampida de dolorosas situaciones, de esas que no solo dañan el cuerpo sino la mente y el alma.  Esa tercera vez fui verdaderamente consciente: estaba siendo violentada por mi esposo.

Me dolía mucho la cabeza y era el aniversario luctuoso de mis padres, lo cual me tenía bastante triste e irritable.  Ricardo había quedado de acompañarme a la iglesia donde descansaban sus restos pero lo olvidó y había quedado para una cena de negocios.  Me sentí lastimada pues sabía que podría haberlo evitado, era como si no tomara en cuenta mis necesidades.  Empecé a reclamarle y hablar sin parar, él se giró a verme, me tomó fuertemente de un brazo y con la otra mano me detuvo la mandíbula, me sacudió la cabeza gritándome que me callará, luego me soltó bruscamente.  Me quedé helada y al mismo tiempo un ardor empezó a recorrerme el rostro.  Puse mi mano en mi mejilla intentando calmar el dolor y lo miré incrédula alejándome de él, conteniendo el llanto.  Ricardo me miró arrepentido, tomó sus llaves y salió del departamento sin decirme nada.  Poco a poco fui haciéndome consciente también del dolor en el brazo.  Regresó muy tarde cuando yo estaba ya en la cama, se acercó a mí y me pidió perdón llamándome preciosa, me acarició el rostro y dijo que nunca se perdonaría por haberme lastimado. 

Al siguiente día, cuando salí del baño, me miré al espejo completamente desnuda y descubrí las marcas de sus dedos en mi piel; las de la cara no se notaban tanto como las del brazo.  Fue cuando me di cuenta que las cosas no estaban nada bien.  Seguí mirando mi cuerpo desnudo, ya no era aquella joven atractiva, comenzaba a notárseme la edad.  

Por primera vez en mucho tiempo me sentí insegura e inconforme con la mujer en la que me estaba convirtiendo; no me había dado cuenta, mi piel ya no era tan tersa y empezaban a asomarse algunas canas. Me pregunté qué pasaría si dejara de intentar pegar los pedazos de esta relación que estaba rota, si sería capaz de abandonar a Ricardo, y si a pesar de todo aún podría rehacer mi vida.

Y es que no siempre la razón de un hogar roto es un tercero, la clásica historia del amante.  El hogar se rompe cuando en la pareja el amor más profundo se va convirtiendo en un inmenso odio.  De repente la razón de tu felicidad es el origen de lo contrario.  Se acumula una rabia en ti al alejarte de aquello que soñabas y descargas todo ese coraje en contra de la persona que tienes más cerca, la que empiezas a creer la culpable de tus desgracias.

Alguno de los dos vislumbra dificultades, dolor y sufrimiento, incluso el otro puede pronosticar el desenlace; pero jamás esperas llegar a la locura y mucho menos que esa locura te lleve a querer desaparecer a tu pareja.


El charco de sangre en el que me encontraba no era mía, era de Ricardo.

1 comentario:

  1. Hola!! Qué tal les va pareciendo esta historia? Mañana un capítulo más.

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