La historia de Martín y Elisa
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Elisa
Mayo
2011
La
primera vez que Ricardo fue violento conmigo no le di importancia, ni siquiera recuerdo
por qué discutimos, solo recuerdo que en mi brazo aparecieron moretones con la
forma de sus dedos. Él no se
disculpó.
La
segunda vez sí la recuerdo, me sorprendió tomando la píldora
anticonceptiva. Y no es que yo no
deseara tener hijos, al contrario. Tres
meses atrás habíamos acordado intentarlo y dejé de tomarlas, pero al siguiente
mes él perdió su empleo. La aerolínea
para la que trabajaba se declaró en quiebra. Las cosas no pintaban bien y pensé que no era
el mejor momento. Creí que era obvio y
que no era necesario consultarlo con él.
Me reclamó por frustrar su sueño de ser padre, me insultó y me dijo que
había un montón de mujeres que estarían dispuestas a complacerlo. Me empujó, yo perdí el equilibrio y me pegué
en la frente con el lavabo. Cuatro
puntos y la primera cicatriz visible.
Esa vez sí se disculpó.
Yo
estaba de rodillas en el piso, pasé mi mano por la frente y sentí la humedad, que
en un principio creí era agua. Cuando
bajé mi mano a la altura de mis ojos me di cuenta que realidad era un poco de
sangre, no me alarmé. Ricardo sí. Inmediatamente me levantó y limpió mi herida.
-No
es gran cosa. Voy a estar bien.
Mentí
sin saberlo. ¡Grandísima idiota! Por
supuesto que no estaría bien.
-¡Pero
sí estás sangrando! Cariño discúlpame, no medí mi fuerza. Lo siento tanto preciosa, voy a llevarte al
médico, estarás bien. Perdóname,
perdóname, soy un idiota –no paraba de disculparse.
Fue
atento conmigo durante una semana, se mostró muy arrepentido y hasta me mandó
flores. Por mucho tiempo no le di
importancia a ambos sucesos; hasta le concedí la razón a Ricardo, me repetí una
y mil veces que lo del lavabo había sido solo un accidente.
Pero
unos meses después vino la tercera vez y con ella una estampida de dolorosas
situaciones, de esas que no solo dañan el cuerpo sino la mente y el alma. Esa tercera vez fui verdaderamente
consciente: estaba siendo violentada por mi esposo.
Me
dolía mucho la cabeza y era el aniversario luctuoso de mis padres, lo cual me
tenía bastante triste e irritable.
Ricardo había quedado de acompañarme a la iglesia donde descansaban sus
restos pero lo olvidó y había quedado para una cena de negocios. Me sentí lastimada pues sabía que podría
haberlo evitado, era como si no tomara en cuenta mis necesidades. Empecé a reclamarle y hablar sin parar, él se
giró a verme, me tomó fuertemente de un brazo y con la otra mano me detuvo la
mandíbula, me sacudió la cabeza gritándome que me callará, luego me soltó
bruscamente. Me quedé helada y al mismo
tiempo un ardor empezó a recorrerme el rostro. Puse mi mano en mi mejilla intentando calmar
el dolor y lo miré incrédula alejándome de él, conteniendo el llanto. Ricardo me miró arrepentido, tomó sus llaves y
salió del departamento sin decirme nada.
Poco a poco fui haciéndome consciente también del dolor en el
brazo. Regresó muy tarde cuando yo
estaba ya en la cama, se acercó a mí y me pidió perdón llamándome preciosa, me
acarició el rostro y dijo que nunca se perdonaría por haberme lastimado.
Al
siguiente día, cuando salí del baño, me miré al espejo completamente desnuda y
descubrí las marcas de sus dedos en mi piel; las de la cara no se notaban tanto
como las del brazo. Fue cuando me di
cuenta que las cosas no estaban nada bien.
Seguí mirando mi cuerpo desnudo, ya no era aquella joven atractiva,
comenzaba a notárseme la edad.
Por
primera vez en mucho tiempo me sentí insegura e inconforme con la mujer en la
que me estaba convirtiendo; no me había dado cuenta, mi piel ya no era tan
tersa y empezaban a asomarse algunas canas. Me pregunté qué pasaría si dejara
de intentar pegar los pedazos de esta relación que estaba rota, si sería capaz
de abandonar a Ricardo, y si a pesar de todo aún podría rehacer mi vida.
Y es
que no siempre la razón de un hogar roto es un tercero, la clásica historia del
amante. El hogar se rompe cuando en la
pareja el amor más profundo se va convirtiendo en un inmenso odio. De repente la razón de tu felicidad es el
origen de lo contrario. Se acumula una
rabia en ti al alejarte de aquello que soñabas y descargas todo ese coraje en contra
de la persona que tienes más cerca, la que empiezas a creer la culpable de tus
desgracias.
Alguno
de los dos vislumbra dificultades, dolor y sufrimiento, incluso el otro puede
pronosticar el desenlace; pero jamás esperas llegar a la locura y mucho menos
que esa locura te lleve a querer desaparecer a tu pareja.
El
charco de sangre en el que me encontraba no era mía, era de Ricardo.
Hola!! Qué tal les va pareciendo esta historia? Mañana un capítulo más.
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