miércoles, 3 de junio de 2015

La historia de Martín y Elisa

1
Martín
Diciembre, 2009


Retrocedes, avanzas, dudas, te equivocas, no peleas, arruinas tu vida. 
¿Será que tus malas decisiones te llevan a dónde estás? ¿Es así? O ¿es simplemente el destino? Me lo cuestiono una y otra vez.  Piensas que tu vida será de una forma en determinado momento y termina tan diferente.  La gente incluso puede armar toda una historia de quien cree que eres, de tu pasado y hasta de tu futuro, cuando ni siquiera tú mismo entiendes hacia dónde vas.  Y ni cómo, ni cuándo llegaste a esto.
Mi padre, por ejemplo, en su pasado fue un obsesivo y adicto al trabajo, intentando siempre ganarle tiempo al tiempo; ahora en su presente era un viejo enfermo que veía pasar el tiempo y en sus ratos libres conocía a los hijos que no había disfrutado, y disfrutaba a la mujer que había conocido.
En mi caso, este era mi presente: había llegado a una edad madura, al éxito profesional, y a una terrible soledad.  Soledad que me hacía evocar mi pasado y definir mi actual vida, tenía todo, menos compañía; porque no había podido olvidarme de Elisa.
-Pero Martín, es la cosa más idiota que he oído en toda mi vida –dijo mi hermana cuando le confesé mi “problema”.  Cómo quieres que crea que no sientas cabeza porque a cada mujer que conoces la comparas con aquella chica de la cual te enamoraste a primera vista pero que en realidad nunca llegaste a tratar.
Y sí, dicho de esa manera sonaba verdaderamente idiota.
-Pues esa es la verdad Mónica, no hay otra razón.
Siguió mirándome sorprendida.  El sonido de las hojas secas que se rompían mientras caminábamos, era lo único que disimulaba el enmudecimiento que mi explicación le había causado a mi hermana.  Salimos al jardín como cuando éramos niños y mi tío Germán, el médico de la familia, revisaba a mi padre y nos pedían que saliéramos.  Ahora lo hacíamos por costumbre.
-Bien, si acaso alguien me pregunta alguna vez, les diré que has llegado a esta edad soltero porque tienes miedo al compromiso –dijo convencida luego de unos minutos.
Yo dejé escapar una risita y moví la cabeza negando.  Siempre creí que mi hermana era una romántica empedernida y hasta creí que me comprendería.  Pero al parecer otra vez me había equivocado, Mónica era completamente impredecible.
-¿Cómo se llamaba esa chica?
¿Se llamaba?  La pregunta de mi hermana me estremeció.  “Se llama” afirmé para mis adentros.  Aunque nunca consideré el hecho de que ella podría ya no estar en este mundo.  Habían pasado muchos años.
El teléfono celular de mi hermana empezó a sonar, se disculpó y se alejó de mí unos metros.
Las palabras de mi tío Germán cuando llegó esa mañana resonaron en mi mente: “los accidentes no existen Martín, son falta de atención, actos de arbitrariedad o prácticas violentas y son una forma de abandonar este mundo”.

En ese momento apareció mi tío para decirnos que mi padre no se había hecho daño, luego de la caída que tuvo al tropezar en las escaleras.

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