La historia de Martín y Elisa
3
Elisa
¿Cómo
llegue a eso? Pues bien, no me atreví a dejar a mi esposo desde el principio,
cuando me di cuenta que mi vida peligraba.
Él sabía que yo no tenía a nadie y estaba seguro que el miedo me
dominaba. Y no se equivocaba. En lo que sí se equivocaba era en el amor que
creía que yo aún le tenía. Ese mismo que
yo creía que le tenía y que se había convertido en odio. Pero en realidad yo no dejé de querer a
Ricardo, porque la verdad es que no puedes dejar de querer a alguien a quien
nunca has querido, pero le perdí el respeto, primero empecé a sentir lástima
por él y luego desprecio. En cambio
Ricardo, sí que me dejó de amar. Primero
puede que se haya sentido decepcionado, pero estoy segura que después, en él
empezó a crecer un odio hacia mí. Y es
que no se lastima lo que se ama, en teoría.
Ricardo
era hijo único, su padre había muerto cuando él era tan solo un bebé, su madre
encontró una nueva pareja pero el tipo resultó ser un desgraciado, lo golpeaba
y su madre nunca hizo nada para defenderlo, se limitaba a llorar y mojar las
pantimedias. “La paralizaba el miedo”,
me contó un día, “tardé muchos años en comprender por qué no hacía nada para
que el infeliz no me tocara, tan solo se quedaba parada mirándome, apretando
los ojos, derramando una lágrima y en ocasiones, para no pensar en el dolor yo
intentaba descifrar por qué sus medias se ponían oscuras”. Ricardo había sido un niño maltratado, y
creció viendo como su padrastro maltrataba a su madre, y no había que ser muy
lista para adivinar el futuro que me deparaba a mí y a mi descendencia a su
lado, pero no lo supe sino hasta un par de años después de casarnos, cuando me
lo contó, vi lo frágil que podía ser una persona por dentro y ocultarlo
fingiendo ser dura e impenetrable.
Cuando
recién supe de esto sentí asco por la madre de mi esposo, ¿cómo pudo permitir
que un imbécil tocara a su pequeño hijo indefenso? Ahora aunque no la justificaba la comprendía,
se sentía sola, desamparada. Acababa de
quedar viuda, con un niño pequeño y seguro sentía que el mundo se le venía
encima, estaba en la total incertidumbre.
Así
me sentí yo cuando murieron mis padres en aquél accidente de auto, sola y sin
saber qué pasaría conmigo. En eso fue lo
primero con lo que me identifiqué con Ricardo, ambos éramos huérfanos, y
sabíamos lo duro que era. Tal vez en su
momento esa razón me pareció suficiente para creer que uno al otro nos
cuidaríamos.
Si
no hubiera sido por mi tío Raúl, primo de mi padre, yo hubiera terminado en una
casa hogar. Él me rescató por primera
vez. Me trataba como a una hija, siempre
deseo tener una niña, pero la vida solo le dio dos hijos varones, así que para
él yo ocupaba ese lugar. Sin embargo, su
esposa, me miraba con recelo, como alguien extraño que solo pasaría ahí una
temporada. Siempre fue amable pero jamás
cariñosa, yo tan solo tenía nueve años y necesitaba tanto el cariño de una
madre. Por supuesto no lo tuve.
Luego
cuando mi tío murió sentí que yo sobraba en su casa, su esposa tenía que
enfrentar sola la vida con dos hijos y todas las deudas de su negocio. Mi tío siempre había sido un hombre responsable,
íntegro; debió estar verdaderamente desesperado para tomar la decisión de
quitarse la vida. Tuve que abandonar la
universidad y ponerme a trabajar, ya no tenía a mi tío para darme su apoyo y
además sentí la obligación moral de ayudar a su esposa, al menos por un tiempo. La verdad es que tampoco tenía a dónde
ir.
-Comprenderás
que no pueda seguir apoyándote con la universidad –dijo Dinorah.
-Claro,
no tiene ni que decirlo. Voy a buscar un
trabajo.
-Es
muy considerado de tu parte, yo sola no podría con todo, tu tío no dejo más que
deudas –dijo exhalando y dejándose caer en el sofá, renunciando, igual que yo,
sin antes haber luchado.
Un
solo año en la universidad no me sirvió de nada, no aprobé las pruebas para ser
cajera en un banco, y alguien más obtuvo el puesto de asistente administrativa,
me sentí desesperada, no encontré nada mejor que el empleo como mesera en el
Blue B, un restaurante de moda en una de las mejores zonas de la ciudad, me
prometieron las mejores propinas y dinero era lo que yo necesitaba. Fue ahí donde conocí a Ricardo, dos años
después de la muerte de mi tío. Siempre
pedía la misma mesa para que yo lo atendiera y no perdía oportunidad para
coquetearme. Al principio me molestaba,
pero poco a poco fue ganándose mi atención y mi confianza. Hasta que acepté salir con él. Me convencí que su interés por mí era sincero
y había sido persistente, decidí darle una oportunidad. Me conquistó su forma de tratarme, tan
caballeroso y atento, me sentía segura a su lado. Me agradaba y creí que lo quería, que con él
estaría bien y dejaría de ser una carga para la esposa de mi tío. Así fue como acepté su propuesta de
matrimonio luego de un año de relación.
Ahora
pienso que fue por miedo, miedo a estar sola, a enfrentar la vida, a pasarla
mal. Igual que mi tío tomé el camino
fácil. Ricardo me confundió, yo creí que
lo que él me hacía sentir era amor, pero no fue así, ahora comprendo que yo
solo buscaba seguridad, protección, la misma que perdí cuando murieron mis
padres y cuando se suicidó mi tío. Me
sentí perdida y creí que con él encontraba el amor, que podría llegar a ser
feliz.
Lamentablemente
no fue así, a veces encontramos al amor, o él nos encuentra a nosotros, pero
decide no quedarse, o nosotros lo dejamos ir.
La vida te azota, tus miedos se apoderan de ti, incluso te vuelves su
prisionero; eliges mal, cometes errores, y arruinas tu vida.