miércoles, 24 de junio de 2015

La historia de Martín y Elisa
3
Elisa

¿Cómo llegue a eso? Pues bien, no me atreví a dejar a mi esposo desde el principio, cuando me di cuenta que mi vida peligraba.  Él sabía que yo no tenía a nadie y estaba seguro que el miedo me dominaba.  Y no se equivocaba.  En lo que sí se equivocaba era en el amor que creía que yo aún le tenía.  Ese mismo que yo creía que le tenía y que se había convertido en odio.  Pero en realidad yo no dejé de querer a Ricardo, porque la verdad es que no puedes dejar de querer a alguien a quien nunca has querido, pero le perdí el respeto, primero empecé a sentir lástima por él y luego desprecio.  En cambio Ricardo, sí que me dejó de amar.  Primero puede que se haya sentido decepcionado, pero estoy segura que después, en él empezó a crecer un odio hacia mí.  Y es que no se lastima lo que se ama, en teoría.

Ricardo era hijo único, su padre había muerto cuando él era tan solo un bebé, su madre encontró una nueva pareja pero el tipo resultó ser un desgraciado, lo golpeaba y su madre nunca hizo nada para defenderlo, se limitaba a llorar y mojar las pantimedias.  “La paralizaba el miedo”, me contó un día, “tardé muchos años en comprender por qué no hacía nada para que el infeliz no me tocara, tan solo se quedaba parada mirándome, apretando los ojos, derramando una lágrima y en ocasiones, para no pensar en el dolor yo intentaba descifrar por qué sus medias se ponían oscuras”.  Ricardo había sido un niño maltratado, y creció viendo como su padrastro maltrataba a su madre, y no había que ser muy lista para adivinar el futuro que me deparaba a mí y a mi descendencia a su lado, pero no lo supe sino hasta un par de años después de casarnos, cuando me lo contó, vi lo frágil que podía ser una persona por dentro y ocultarlo fingiendo ser dura e impenetrable.
 
Cuando recién supe de esto sentí asco por la madre de mi esposo, ¿cómo pudo permitir que un imbécil tocara a su pequeño hijo indefenso?  Ahora aunque no la justificaba la comprendía, se sentía sola, desamparada.  Acababa de quedar viuda, con un niño pequeño y seguro sentía que el mundo se le venía encima, estaba en la total incertidumbre.

Así me sentí yo cuando murieron mis padres en aquél accidente de auto, sola y sin saber qué pasaría conmigo.  En eso fue lo primero con lo que me identifiqué con Ricardo, ambos éramos huérfanos, y sabíamos lo duro que era.  Tal vez en su momento esa razón me pareció suficiente para creer que uno al otro nos cuidaríamos.

Si no hubiera sido por mi tío Raúl, primo de mi padre, yo hubiera terminado en una casa hogar.  Él me rescató por primera vez.  Me trataba como a una hija, siempre deseo tener una niña, pero la vida solo le dio dos hijos varones, así que para él yo ocupaba ese lugar.  Sin embargo, su esposa, me miraba con recelo, como alguien extraño que solo pasaría ahí una temporada.  Siempre fue amable pero jamás cariñosa, yo tan solo tenía nueve años y necesitaba tanto el cariño de una madre.  Por supuesto no lo tuve.

Luego cuando mi tío murió sentí que yo sobraba en su casa, su esposa tenía que enfrentar sola la vida con dos hijos y todas las deudas de su negocio.  Mi tío siempre había sido un hombre responsable, íntegro; debió estar verdaderamente desesperado para tomar la decisión de quitarse la vida.  Tuve que abandonar la universidad y ponerme a trabajar, ya no tenía a mi tío para darme su apoyo y además sentí la obligación moral de ayudar a su esposa, al menos por un tiempo.  La verdad es que tampoco tenía a dónde ir. 

-Comprenderás que no pueda seguir apoyándote con la universidad –dijo Dinorah.

-Claro, no tiene ni que decirlo.  Voy a buscar un trabajo.

-Es muy considerado de tu parte, yo sola no podría con todo, tu tío no dejo más que deudas –dijo exhalando y dejándose caer en el sofá, renunciando, igual que yo, sin antes haber luchado.

Un solo año en la universidad no me sirvió de nada, no aprobé las pruebas para ser cajera en un banco, y alguien más obtuvo el puesto de asistente administrativa, me sentí desesperada, no encontré nada mejor que el empleo como mesera en el Blue B, un restaurante de moda en una de las mejores zonas de la ciudad, me prometieron las mejores propinas y dinero era lo que yo necesitaba.  Fue ahí donde conocí a Ricardo, dos años después de la muerte de mi tío.  Siempre pedía la misma mesa para que yo lo atendiera y no perdía oportunidad para coquetearme.  Al principio me molestaba, pero poco a poco fue ganándose mi atención y mi confianza.  Hasta que acepté salir con él.  Me convencí que su interés por mí era sincero y había sido persistente, decidí darle una oportunidad.  Me conquistó su forma de tratarme, tan caballeroso y atento, me sentía segura a su lado.  Me agradaba y creí que lo quería, que con él estaría bien y dejaría de ser una carga para la esposa de mi tío.  Así fue como acepté su propuesta de matrimonio luego de un año de relación.

Ahora pienso que fue por miedo, miedo a estar sola, a enfrentar la vida, a pasarla mal.  Igual que mi tío tomé el camino fácil.  Ricardo me confundió, yo creí que lo que él me hacía sentir era amor, pero no fue así, ahora comprendo que yo solo buscaba seguridad, protección, la misma que perdí cuando murieron mis padres y cuando se suicidó mi tío.  Me sentí perdida y creí que con él encontraba el amor, que podría llegar a ser feliz.

Lamentablemente no fue así, a veces encontramos al amor, o él nos encuentra a nosotros, pero decide no quedarse, o nosotros lo dejamos ir.  La vida te azota, tus miedos se apoderan de ti, incluso te vuelves su prisionero; eliges mal, cometes errores, y arruinas tu vida.



miércoles, 17 de junio de 2015

La historia de Martín y Elisa
2
Martín
Junio 2010

Realmente aún era joven, treinta y tres recién cumplidos; pero comenzaba a pesarme ver a mis amigos casados y con hijos, lo cual me resultaba muy extraño pues nunca el matrimonio estuvo en mis planes.  Sin embargo cuando veía niños pequeños algo dentro de mí se sacudía, venía a mí la idea de tener un hogar, e inmediatamente el recuerdo de Elisa, su imagen en mi mente. ¿Qué tenía esa mujer que no podía olvidarla?

El último día que la vi fue aquél en que Tony, uno de mis amigos de la universidad me había insistido en ir al restaurante donde supuestamente ella trabajaba.  Habían pasado 12 años de eso y aún lo recordaba claramente.  Antes de entrar al restaurante Tony la señaló y yo me quedé mirándola a través del cristal, me quedé boquiabierto viendo su rostro, sus facciones que me encantaban, e inevitablemente las curvas que dibujaban su vestido.  De su rostro pasé al contexto y me chocó verla en ese lugar, con ese uniforme de camarera caminando entre las mesas ante la vista de esos infelices.  Ahí mismo fui testigo de algo que me hizo enfurecer, ella atendía una mesa cuando dos tipos que estaban detrás suyo no paraban de mirarla de manera obscena, intercambiaban palabras y podría jurar que su conversación era lasciva.  Los miré con rabia esperando que mi molestia atravesara el cristal y los derribara, o mejor, los hiciera estallar, convertirlos en cenizas; Tony me llamó, caminé hacia él que ya pedía una mesa, pero yo ya me sentía totalmente incómodo.

-¡Vámonos! Cambie de idea –le dije y salí de ahí.

-Oye Martín, ¡Martín! –escuché que gritaba y en poco tiempo lo tuve caminando a mi lado desconcertado.

Llegué hasta el coche todavía un tanto iracundo y con un ardor que me recorría cada centímetro de la piel.

-¿Decepcionado? –preguntó.

Lo miré sorprendido, no sabía qué era lo que estaba proyectando o por qué él pensaba eso.

-No, no es decepción, es solo que no estoy preparado aún –le dije.

-¿Preparado para qué? –preguntó extrañado, pero no le contesté.

Y es que en verdad no lo estaba, en ese momento hubiera querido sacarla de ahí, llevarla conmigo y protegerla de tipos como esos, evitarle la necesidad de estar ahí.  ¿Pero cómo iba yo a hacerlo?  Si no era más que un estudiante que dependía de sus padres, yo que jamás había trabajado y siempre lo había tenido todo.  Me sentí un estúpido soñando ser el príncipe azul.

Ahí estaba yo, dudando, equivocándome, ¿pero y qué otra cosa podía hacer?  Yo era un completo desconocido para ella, acaso iba a lograr que me siguiera, que abandonara su empleo, que siquiera me tomara en cuenta.


Avanzar.  Era la única cosa que podía hacer, avanzar y buscarla después.

miércoles, 10 de junio de 2015

La historia de Martín y Elisa

2
Elisa
Mayo 2011

La primera vez que Ricardo fue violento conmigo no le di importancia, ni siquiera recuerdo por qué discutimos, solo recuerdo que en mi brazo aparecieron moretones con la forma de sus dedos.  Él no se disculpó. 

La segunda vez sí la recuerdo, me sorprendió tomando la píldora anticonceptiva.  Y no es que yo no deseara tener hijos, al contrario.  Tres meses atrás habíamos acordado intentarlo y dejé de tomarlas, pero al siguiente mes él perdió su empleo.  La aerolínea para la que trabajaba se declaró en quiebra.  Las cosas no pintaban bien y pensé que no era el mejor momento.  Creí que era obvio y que no era necesario consultarlo con él.  Me reclamó por frustrar su sueño de ser padre, me insultó y me dijo que había un montón de mujeres que estarían dispuestas a complacerlo.  Me empujó, yo perdí el equilibrio y me pegué en la frente con el lavabo.  Cuatro puntos y la primera cicatriz visible.  Esa vez sí se disculpó.

Yo estaba de rodillas en el piso, pasé mi mano por la frente y sentí la humedad, que en un principio creí era agua.  Cuando bajé mi mano a la altura de mis ojos me di cuenta que realidad era un poco de sangre, no me alarmé.  Ricardo sí.  Inmediatamente me levantó y limpió mi herida.

-No es gran cosa. Voy a estar bien.

Mentí sin saberlo.  ¡Grandísima idiota! Por supuesto que no estaría bien.

-¡Pero sí estás sangrando! Cariño discúlpame, no medí mi fuerza.  Lo siento tanto preciosa, voy a llevarte al médico, estarás bien.  Perdóname, perdóname, soy un idiota –no paraba de disculparse.

Fue atento conmigo durante una semana, se mostró muy arrepentido y hasta me mandó flores.  Por mucho tiempo no le di importancia a ambos sucesos; hasta le concedí la razón a Ricardo, me repetí una y mil veces que lo del lavabo había sido solo un accidente.

Pero unos meses después vino la tercera vez y con ella una estampida de dolorosas situaciones, de esas que no solo dañan el cuerpo sino la mente y el alma.  Esa tercera vez fui verdaderamente consciente: estaba siendo violentada por mi esposo.

Me dolía mucho la cabeza y era el aniversario luctuoso de mis padres, lo cual me tenía bastante triste e irritable.  Ricardo había quedado de acompañarme a la iglesia donde descansaban sus restos pero lo olvidó y había quedado para una cena de negocios.  Me sentí lastimada pues sabía que podría haberlo evitado, era como si no tomara en cuenta mis necesidades.  Empecé a reclamarle y hablar sin parar, él se giró a verme, me tomó fuertemente de un brazo y con la otra mano me detuvo la mandíbula, me sacudió la cabeza gritándome que me callará, luego me soltó bruscamente.  Me quedé helada y al mismo tiempo un ardor empezó a recorrerme el rostro.  Puse mi mano en mi mejilla intentando calmar el dolor y lo miré incrédula alejándome de él, conteniendo el llanto.  Ricardo me miró arrepentido, tomó sus llaves y salió del departamento sin decirme nada.  Poco a poco fui haciéndome consciente también del dolor en el brazo.  Regresó muy tarde cuando yo estaba ya en la cama, se acercó a mí y me pidió perdón llamándome preciosa, me acarició el rostro y dijo que nunca se perdonaría por haberme lastimado. 

Al siguiente día, cuando salí del baño, me miré al espejo completamente desnuda y descubrí las marcas de sus dedos en mi piel; las de la cara no se notaban tanto como las del brazo.  Fue cuando me di cuenta que las cosas no estaban nada bien.  Seguí mirando mi cuerpo desnudo, ya no era aquella joven atractiva, comenzaba a notárseme la edad.  

Por primera vez en mucho tiempo me sentí insegura e inconforme con la mujer en la que me estaba convirtiendo; no me había dado cuenta, mi piel ya no era tan tersa y empezaban a asomarse algunas canas. Me pregunté qué pasaría si dejara de intentar pegar los pedazos de esta relación que estaba rota, si sería capaz de abandonar a Ricardo, y si a pesar de todo aún podría rehacer mi vida.

Y es que no siempre la razón de un hogar roto es un tercero, la clásica historia del amante.  El hogar se rompe cuando en la pareja el amor más profundo se va convirtiendo en un inmenso odio.  De repente la razón de tu felicidad es el origen de lo contrario.  Se acumula una rabia en ti al alejarte de aquello que soñabas y descargas todo ese coraje en contra de la persona que tienes más cerca, la que empiezas a creer la culpable de tus desgracias.

Alguno de los dos vislumbra dificultades, dolor y sufrimiento, incluso el otro puede pronosticar el desenlace; pero jamás esperas llegar a la locura y mucho menos que esa locura te lleve a querer desaparecer a tu pareja.


El charco de sangre en el que me encontraba no era mía, era de Ricardo.

miércoles, 3 de junio de 2015

La historia de Martín y Elisa

1
Martín
Diciembre, 2009


Retrocedes, avanzas, dudas, te equivocas, no peleas, arruinas tu vida. 
¿Será que tus malas decisiones te llevan a dónde estás? ¿Es así? O ¿es simplemente el destino? Me lo cuestiono una y otra vez.  Piensas que tu vida será de una forma en determinado momento y termina tan diferente.  La gente incluso puede armar toda una historia de quien cree que eres, de tu pasado y hasta de tu futuro, cuando ni siquiera tú mismo entiendes hacia dónde vas.  Y ni cómo, ni cuándo llegaste a esto.
Mi padre, por ejemplo, en su pasado fue un obsesivo y adicto al trabajo, intentando siempre ganarle tiempo al tiempo; ahora en su presente era un viejo enfermo que veía pasar el tiempo y en sus ratos libres conocía a los hijos que no había disfrutado, y disfrutaba a la mujer que había conocido.
En mi caso, este era mi presente: había llegado a una edad madura, al éxito profesional, y a una terrible soledad.  Soledad que me hacía evocar mi pasado y definir mi actual vida, tenía todo, menos compañía; porque no había podido olvidarme de Elisa.
-Pero Martín, es la cosa más idiota que he oído en toda mi vida –dijo mi hermana cuando le confesé mi “problema”.  Cómo quieres que crea que no sientas cabeza porque a cada mujer que conoces la comparas con aquella chica de la cual te enamoraste a primera vista pero que en realidad nunca llegaste a tratar.
Y sí, dicho de esa manera sonaba verdaderamente idiota.
-Pues esa es la verdad Mónica, no hay otra razón.
Siguió mirándome sorprendida.  El sonido de las hojas secas que se rompían mientras caminábamos, era lo único que disimulaba el enmudecimiento que mi explicación le había causado a mi hermana.  Salimos al jardín como cuando éramos niños y mi tío Germán, el médico de la familia, revisaba a mi padre y nos pedían que saliéramos.  Ahora lo hacíamos por costumbre.
-Bien, si acaso alguien me pregunta alguna vez, les diré que has llegado a esta edad soltero porque tienes miedo al compromiso –dijo convencida luego de unos minutos.
Yo dejé escapar una risita y moví la cabeza negando.  Siempre creí que mi hermana era una romántica empedernida y hasta creí que me comprendería.  Pero al parecer otra vez me había equivocado, Mónica era completamente impredecible.
-¿Cómo se llamaba esa chica?
¿Se llamaba?  La pregunta de mi hermana me estremeció.  “Se llama” afirmé para mis adentros.  Aunque nunca consideré el hecho de que ella podría ya no estar en este mundo.  Habían pasado muchos años.
El teléfono celular de mi hermana empezó a sonar, se disculpó y se alejó de mí unos metros.
Las palabras de mi tío Germán cuando llegó esa mañana resonaron en mi mente: “los accidentes no existen Martín, son falta de atención, actos de arbitrariedad o prácticas violentas y son una forma de abandonar este mundo”.

En ese momento apareció mi tío para decirnos que mi padre no se había hecho daño, luego de la caída que tuvo al tropezar en las escaleras.

lunes, 1 de junio de 2015

La Historia de Martín y Elisa

1
Elisa
Mayo, 2011

Cuántas veces le decimos a una persona o a varias (dependiendo de nuestro nivel de escrúpulo o bien, inestabilidad, calentura, o estupidez): “Eres el amor de mi vida”;  cuando en realidad lo que debíamos decir es: “Soy el amor de mi vida”.  Si en vez de buscar o esperar a que llegue ese amor y comprendiéramos que podemos ser felices con nuestro propio amor, el que hacia nosotros mismos debería ser infinito, fiel, sincero y poderoso.
Pero ¿será que esto es imposible? Que el ser humano ni siquiera es capaz de serse fiel a sí mismo, ¿será que es parte de nuestra naturaleza?  Se supone que el cerebro es capaz de… razonar.  O tal vez, el problema simplemente está en el inconsciente.
Es curiosa la forma en que trabaja nuestra mente; cómo desde joven intenta aprenderlo todo, grabando como cincel en dura piedra todo lo que le permiten los sentidos: sensaciones, olores, sabores.  Información que va construyendo pensamientos y moldeando los sentimientos y a lo largo de la vida dejando cicatrices en forma de recuerdos.
Recuerdos.
Imágenes de los últimos años de mi vida comenzaron a correr en mi mente a gran velocidad.  Intentaba descifrar el momento que me había traído a esto, imaginé una chispa, y una larga mecha que fue consumiéndose lentamente hasta hacer estallar la bomba.  Seguí rebuscando, registrando archivos, vaciando cajones, tenía que haber algo, el origen de esta terrible situación: la de encontrarme tirada en el suelo, en medio de un charco de sangre.


Bienvenida






Bienvenidos, necesitaba este espacio donde publicaré esas historias que surgen en mi mente y no quieren quedarse allí, quieren tener vida propia, personajes que se resisten a vivir en el anonimato, a no tener nombre, a quedarse callados, quieren compartir sus historias, encontrar a alguien que se identifique con ellos y divertirse un poco también, no puedo comprometerme a mucho, repito esta es una necesidad mía, y trataré de publicar de manera constante, pero si no es así, no molestarse.  Gracias por estar aquí.

V H